Por Natalia Otero
Cuando Liliana Jaime concibió «Mi Cozumel», no pensaba solo en tacos, margaritas o una decoración llamativa. Lo que tenía en mente era una experiencia.
Quería que los clientes, nada más cruzar la puerta, sintieran algo incluso antes de probar la comida. Quería que los colores evocaran alegría. Que la música creara recuerdos. Que cada bebida se percibiera como una celebración. Que la cocina mexicana se entendiera como una cultura viva, diversa y sofisticada.
Años más tarde, esa visión ha convertido a Mi Cozumel en uno de los conceptos de restauración mexicana de más rápido crecimiento en el Medio Oeste, con seis locales en Ohio y Kentucky, más de 300 empleados y nuevas aperturas previstas.
«Siempre pensaba en la experiencia del cliente», recuerda Liliana Jaime. «Desde el momento en que entrabas, te quedabas impresionado. La carta, la presentación… todo».
Una idea
Mi Cozumel abrió su primer local en 2018 en Springdale, un barrio de Cincinnati (Ohio), pero la idea llevaba años gestándose.
«Siempre supimos lo que queríamos», explica Liliana. «Nuestro proyecto se basaba en hacer algo diferente».
Aunque gran parte del sector seguía basándose en modelos tradicionales, ella observó cómo estaban cambiando las nuevas generaciones y cómo evolucionaban las expectativas de los consumidores.
«Vi venir este cambio. Vi llegar a las nuevas generaciones. Me arriesgué. Se trata de ser más atrevido, pero con una base sólida que lo respalde: un plan sólido».
Su inspiración provino de algo que muchos consideraban un riesgo: el color.
«Investigué mucho sobre los colores, sobre el rosa mexicano. Mucha gente decía que era demasiado femenino o demasiado tradicional».
Sin embargo, vio algo diferente.
«Muchos colores simbolizan la celebración, la fiesta y la alegría».
La inspiración también tenía un componente profundamente personal.
«Cuando éramos pequeños, nuestro padre solía llevarnos a la isla de Cozumel. Por eso decidimos que así se llamara».
Y una vez que tomó la decisión, ya no había vuelta atrás.
«Cuando sé lo que quiero, no cambio de opinión».
Más allá del estereotipo mexicano
Parte de la misión de Mi Cozumel ha consistido en dar a conocer una visión más amplia y auténtica de México.
«Hay toda una cultura detrás de ello», afirma Liliana. «No se trata solo del sombrero, el sarape o el burro. Somos mucho más que eso, y estamos muy orgullosos de ello».
Por eso, cada elemento del restaurante tiene una función cultural.
Las islas están construidas con barricas de tequila. La vajilla procede de Oaxaca. La decoración incorpora elementos artesanales y regionales de diferentes partes del país.
«Quería explicar a la gente que nuestra cultura es mucho más que eso. Es muy importante acercarles a México».
Aunque nació en Guanajuato, sus viajes por diferentes regiones del país acabaron por ampliar su perspectiva.
«En cuanto empecé a viajar, aprendí tanto que me dije: “Tienes que enseñarle esto a la gente”».
Cuando el diseño también cuenta historias
La identidad visual de Mi Cozumel es imposible de pasar por alto.
Los toques de rosa, verde, naranja y amarillo se han convertido en una parte esencial de la marca.
«El amor entra por los ojos», dice Liliana.
La relación entre la gastronomía y el diseño es intencionada.
«El tomate, el guacamole, los colores de la comida… todo encaja a la perfección».
Lo mismo ocurre con las bebidas.
Los famosos cantaritos gigantes, las margaritas de colores vivos, los dulces mexicanos y las frutas tropicales forman parte de una narrativa visual cuidadosamente elaborada.
«Tenemos más de 40 sabores de margarita: maracuyá, fresa, manzana verde… Hay quien ni siquiera se atreve a bebérselas porque les parecen demasiado bonitas».
Para ella, las bebidas no son solo un complemento secundario del menú.
«Las bebidas tienen que maridar bien con la comida».
La experiencia como ingrediente principal
Si Liliana es la artífice del concepto, su hermana Diana Jaime es una de las personas encargadas de darle vida.
Desde el marketing hasta la experiencia emocional de los clientes, Diana considera que el restaurante es un espacio en el que convergen todos los sentidos.
«Lo defino como una experiencia», explica. «Más allá del sabor. El sonido, el olfato, la vista, el tacto. Queremos que la gente se lleve a casa un recuerdo».
Para ella, la música desempeña un papel fundamental.
«Me encanta conseguir que todo encaje con la canción adecuada, en el momento justo, para que el invitado se sienta identificado con ella».
Pero quizá lo más importante sea la libertad.
«Intentamos crear un espacio en el que la gente pueda ser ella misma».
Esa filosofía se refleja en cada uno de nuestros establecimientos.
«En cualquiera de nuestros restaurantes hay gente bailando, otros celebrando cumpleaños y otros simplemente pasándoselo bien».
La idea, dice Diana, es recuperar algo muy mexicano.
«Igual que en México. Un vecino puede organizar una fiesta, expresar su cultura, su alegría y su pasión. Abriré la puerta de mi casa y, si necesitas algo, aquí me tienes».
Crecer sin perder la esencia
A medida que Mi Cozumel crece, mantener su identidad se convierte en uno de los mayores retos.
Actualmente, la empresa cuenta con seis centros y sigue expandiéndose hacia nuevos mercados en Ohio, Kentucky, Indiana y Pensilvania.
Sin embargo, Liliana insiste en que el crecimiento nunca ha estado impulsado por el afán de obtener beneficios rápidos.
«El cliente tiene que marcharse pensando: “Quiero volver mañana”».
Su filosofía se basa en el largo plazo.
«Pienso en cada ubicación con una perspectiva de 20 o 30 años, no en cómo obtener un beneficio rápido».
Esa visión también influye en la calidad.
«No sacrificamos la calidad para ahorrar dinero».
Y pone un ejemplo sencillo.
«Si alguien me ofrece carne a mitad de precio, pero yo mismo no me la comería, ¿cómo voy a servírsela a mi cliente?»
La fuerza motriz del éxito
Tanto Liliana como Diana coinciden en que ningún concepto surge por sí solo.
Detrás de Mi Cozumel hay un equipo de más de 300 personas.
«Somos un restaurante familiar y nuestro equipo es muy importante», afirma Liliana. «Estamos muy agradecidos a todos los que trabajan con nosotros».
Diana comparte esa misma visión.
«Mi hermana es la mente pensante detrás de todo esto», afirma. «Pero sin nuestro equipo, sin nuestros socios, sin los responsables, esto no sería posible».
La cultura interna de la empresa se basa en la participación y la creatividad.
«Les damos libertad», explica Diana. «Incluso los camareros decoran las bebidas a su manera. Cada una puede quedar diferente dependiendo de quién la prepare».
Para ella, esa autenticidad forma parte de la magia.
«No me da miedo que la gente sea como es. Aceptamos a los demás y queremos que se sientan aceptados».
¿Y ahora qué?
Según Liliana, la próxima apertura de Mi Cozumel supondrá la mayor inversión de la empresa hasta la fecha.
Se han destinado más de 2 millones de dólares a un local que combinará elementos de lujo con la identidad colorida que caracteriza a la marca.
«Intentamos crear algo más sencillo y elegante», recuerda. «Pero sentía que le faltaba algo que fuera la esencia misma de Mi Cozumel».
La solución consistió en fusionar ambos mundos.
«El color es muy importante. Forma parte de nuestros cimientos».
Y aunque el concepto sigue evolucionando, la esencia permanece intacta: celebrar la cultura mexicana a través de la gastronomía, el diseño, la música y la hospitalidad.
«Mi Cozumel ya tiene su concepto», afirma Liliana. «Y hay tantas ideas… Esto no es todo. Lo que está por venir es solo el principio».
Para las hermanas Jaime, el éxito nunca ha consistido únicamente en servir comida mexicana. Se trata de crear un lugar donde la gente pueda sentirse libre, celebrar, relacionarse y llevarse un pedacito de México a casa.
Y quizá esa sea la verdadera clave de su crecimiento.
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