Georgina Estrada, Sandra Fernández y Salomón Abedrop en Casa Dragones
Por Alfredo Espinola
En el corazón de San Miguel de Allende, tras la emblemática fachada azul de Casa Dragones, la sumiller Sandra Fernández nos recibió con la calidez de quien abre las puertas de su propia casa. Su voz —sereno pero apasionada— sirvió de hilo conductor para tejer una historia en la que se entrelazan la independencia, la tradición, el arte y el tequila.
Más que una simple cata, fue una invitación a comprender el alma de Casa Dragones.
Mientras deambulábamos por los espacios que en su día albergaron las caballerizas de los legendarios Caballeros Dragón de la Reina, Sandra nos fue explicando los acontecimientos que dieron origen a la marca: desde las conspiraciones independentistas que encontraron refugio entre estas paredes hasta la visión contemporánea de Berta González Nieves, quien imaginó un tequila capaz de transformar la percepción de toda una categoría.
Con cada historia, la casa parecía cobrar vida. Los arcos centenarios, la piedra, la luz y el emblemático azul de la fachada se convirtieron en los protagonistas de un relato en el que la historia de México y la innovación en torno al tequila convergen en un mismo lugar.
Era imposible no sentirse parte de esa conversación.
Donde la historia sigue viva
La primera vez que cruzas la puerta azul de Casa Dragones, te das cuenta de que no estás entrando simplemente en una casa. Estás adentrándote en una historia.
En una ciudad donde las fachadas coloniales parecen haber guardado los mismos secretos durante siglos, hay una que destaca por encima de todas las demás. Es de un azul intenso, casi imposible de pasar por alto. Su forma rectangular rompe la armonía de la calle y, en la piedra, un medallón con el número 16 sirve para recordarnos que aquí nada es fruto del azar.
Ese mismo emblema sigue presente hoy en día en las etiquetas de Casa Dragones.
Mucho antes de convertirse en la sede de uno de los tequilas más famosos del mundo, esta propiedad formaba parte de las antiguas caballerizas de los Caballeros del Dragón de la Reina. Los arcos originales siguen ahí, testigos silenciosos de una época en la que los caballos ocupaban los espacios donde ahora se sirven copas de cristal soplado a mano.
La historia dio un giro decisivo en 1810.
Cuatro generaciones después de la llegada de aquellos jinetes reales, esas mismas paredes comenzaron a ser testigos de conversaciones muy diferentes. Aquí, entre los establos y los pasillos, echaron raíces algunas de las ideas que alimentarían el movimiento independentista de México.
Dos siglos más tarde, la casa volvería a ser el escenario de una conversación que marcaría un antes y un después.
Fue precisamente aquí donde Berta González Nieves y su primer socio inversor concibieron una marca diferente a cualquier otra, una marca que rindiera homenaje al carácter rebelde, la visión y el espíritu independiente que habían marcado la historia de la propiedad.
Así nació Casa Dragones.
La mujer que quería cambiar la forma de hablar del tequila
Cuando Casa Dragones salió al mercado en 2009, el tequila se encontraba en una situación muy diferente.
A pesar de sus más de cuatro siglos de historia, seguía considerándose —sobre todo fuera de México— como una bebida para celebraciones espontáneas y cócteles informales. Pocas personas la asociaban con la contemplación, la alta cocina o la sofisticación propia de los grandes licores del mundo.
Berta González Nieves vio otra posibilidad.
Como primera mujer certificada como «Maestra Tequilera» por la Academia Mexicana de Catadores de Tequila, imaginó un producto capaz de situarse al mismo nivel que los grandes whiskies de malta o los mejores champanes.
No quería limitarse a crear una marca.
Quería transformar toda una categoría.
El resultado fue Casa Dragones Joven, un tequila que pronto sería reconocido en Estados Unidos como uno de los primeros grandes tequilas para degustar: una bebida espirituosa concebida para saborearla lentamente, apreciar sus matices y complementar la experiencia gastronómica.
El descubrimiento
Para Sandra Fernández, su encuentro con Casa Dragones también supuso un punto de inflexión.
Procedente del mundo del vino, recuerda haber descubierto en ese tequila algo que hasta entonces había asociado exclusivamente a las grandes regiones vinícolas: la capacidad de expresar un lugar de origen.
«Por primera vez, descubrí en un tequila algo que ya conocía perfectamente del vino: el terruño».
Se percibía un toque mineral.
Había identidad.
Había una narrativa sensorial que hablaba de suelo volcánico, agave maduro y una visión profundamente diferente de lo que podría ser el tequila mexicano.
Esa primera cata acabó convirtiéndose en una relación profesional y personal con la marca, que ahora comparte a través de la formación, la educación y la promoción de la cultura del tequila.
El valor del origen
En Casa Dragones, el «terroir» no es solo una palabra de moda.
Es el punto de partida.
Los agaves proceden de Los Bajos, una de las regiones más cercanas al volcán de Tequila. Allí, los suelos volcánicos, ricos en minerales y obsidiana, crean unas condiciones excepcionales para el cultivo del agave azul de Weber.
Aunque la normativa permite cosechar el agave al cabo de cuatro años, Casa Dragones espera casi siete. Este tiempo adicional permite que se desarrolle una materia prima más compleja y expresiva, capaz de reflejar con precisión las características de su entorno.
Cada decisión posterior tiene por objeto preservar esa identidad.
Desde una fermentación cuidadosamente controlada hasta el diseño de barricas exclusivas, todo sigue la misma filosofía: dejar que el origen siga hablando por sí mismo.
Una colección basada en la innovación
La evolución de Casa Dragones puede considerarse una búsqueda constante.
Casa Dragones Joven abrió el camino con una mezcla precisa de tequila blanco y extra añejo, diseñada para maridar con la alta cocina y redefinir la experiencia de degustación del tequila.
A continuación llegó Casa Dragones Blanco, una propuesta llena de vitalidad diseñada para atraer a la nueva generación de cocteleros y a los bares de referencia.
A continuación llegó el Casa Dragones Añejo Barrel Blend, fruto de una minuciosa exploración de las barricas de roble francés y americano que aportan profundidad, textura y complejidad sin eclipsar el carácter del agave.
La innovación continuó con el Casa Dragones Reposado Mizunara, envejecido exclusivamente en barricas nuevas de roble japonés. Un ejercicio de exploración que dio lugar a un tequila con un perfil floral, elegante y profundamente singular.
Cada lanzamiento supone un nuevo diálogo entre la tradición y la innovación.
La Casa sigue contando historias
Hoy en día, Casa Dragones sigue recibiendo visitantes en el mismo lugar donde todo comenzó.
Durante la pandemia, la antigua residencia se transformó en una galería viviente dedicada al arte contemporáneo mexicano. Cada objeto, cada mueble y cada obra de arte forma parte de una narrativa que rinde homenaje a la creatividad, la artesanía y la identidad cultural de México.
Entre estas paredes centenarias siguen celebrándose catas, maridajes y experiencias privadas.
Y aunque el tequila ocupa un lugar protagonista, la verdadera esencia del lugar permanece intacta.
Porque Casa Dragones nunca ha sido solo una marca. Es un hogar.
Un hogar donde la historia, el arte, la hospitalidad y la visión de una mujer pionera siguen uniéndose en torno a una copa de tequila.
Y donde, gracias a la guía de Sandra Fernández, cada visitante descubre que detrás de cada botella hay mucho más que un tequila excepcional: hay una historia que merece ser contada.