Por Alfredo Espinola
A veces, Jorge Solís habla como director general. Otras veces, lo hace como un apasionado amante del campo, un defensor del vino mexicano y, sobre todo, como un hombre profundamente consciente de que los grandes reconocimientos nunca pertenecen a una sola persona.
La noticia llegó tal y como suelen llegar los reconocimientos que realmente importan: tras años de trabajo silencioso, decisiones difíciles, vendimias memorables y otras no tanto, madrugones en el viñedo y largas jornadas en la bodega. El 3 de junio, Viñedo San Miguel fue nombrada Bodega del Año por la Asociación Mexicana de Sumilleres, un honor que va más allá de la calidad de sus vinos para convertirse en un reconocimiento a una filosofía de trabajo, una visión compartida y un proyecto que se ha consolidado como uno de los líderes más importantes del sector vitivinícola del país.
Para Jorge Solís, director general de Viñedo San Miguel, este reconocimiento tiene un significado muy claro.
«No es una cuestión de arrogancia ni de presunción», afirma con calma. «Es el reconocimiento de muchos años de esfuerzo, de trabajo duro y, sobre todo, de nuestra gente».
Y ahí es precisamente donde comienza la historia de esta bodega de Guanajuato.
El factor humano que hay detrás de una gran bodega
En un sector acostumbrado a destacar las denominaciones de origen, las medallas y las puntuaciones, Solís insiste en fijarse en otra cosa: en las personas. Los más de 90 empleados que forman parte de Viñedo San Miguel representan, en su opinión, el verdadero corazón del proyecto.
Desde quienes trabajan la tierra hasta quienes reciben a los visitantes durante las visitas con cata de vinos; desde el equipo de enología hasta la oferta gastronómica que ahora distingue a la bodega, todos forman parte de la misma cadena de valor.
«No hay resultados sin un equipo», afirma con convicción.
La comparación que utiliza es reveladora. Al igual que ninguna gran estrella del deporte triunfa sin el apoyo de un equipo sólido, tampoco una bodega puede alcanzar la excelencia únicamente gracias a una buena etiqueta o a un gran enólogo. La excelencia, explica, se construye de forma colectiva.
Y esa filosofía ha dado sus frutos.
Además de su reciente reconocimiento como Bodega del Año, Viñedo San Miguel ha obtenido importantes galardones a nivel internacional y nacional, entre los que se incluyen premios por su oferta de enoturismo y múltiples medallas en algunos de los concursos más prestigiosos del mundo.
El vino mexicano en la escena internacional
Para Solís, uno de los mayores retos a los que se enfrenta el vino mexicano no se encuentra dentro del país, sino fuera de él.
«La competencia no está entre nosotros», señala, refiriéndose a las bodegas nacionales. «La competencia la representan los grandes productores internacionales que llegan a México con siglos de historia a sus espaldas».
Su visión rompe con la lógica tradicional de la competencia entre los productores locales. Considera que el sector vitivinícola mexicano debe fortalecerse mediante la colaboración, partiendo de la base de que el crecimiento colectivo beneficiará a todos.
México, reconoce, sigue siendo una región emergente en comparación con las potencias vinícolas tradicionales. Sin embargo, observa un cambio significativo: los consumidores mexicanos han empezado a considerar sus propios vinos con un interés y un orgullo cada vez mayores.
La calidad, afirma, ya no es la excepción, sino la norma.
«Debemos romper con el estereotipo de que el vino mexicano era irregular o de baja calidad. Hoy en día, los consumidores están descubriendo que detrás de nuestras botellas hay un enorme talento».
Por eso insiste en una idea que parece estar convirtiéndose en una declaración de principios: «La industria mexicana debe fortalecerse manteniéndose unida». Y los resultados parecen darle la razón.
Las medallas obtenidas por Viñedo San Miguel en concursos internacionales como el Concurso Mundial de Vinos de Bruselas o el Decanter no son meros triunfos individuales. Son también una señal de que el vino mexicano ha comenzado a hacerse un hueco en el panorama mundial con una legitimidad cada vez mayor.
Guanajuato: una identidad propia
Hablar de Viñedo San Miguel es también hablar de Guanajuato.
Situados a 1.850 metros sobre el nivel del mar, sus viñedos han contribuido a forjar una identidad enológica cada vez más reconocida: vinos con una elevada acidez natural, profundidad, estructura y un perfil gastronómico.
Para Solís, la región del Bajío ofrece unas condiciones excepcionales para elaborar vinos complejos y equilibrados con un gran potencial de envejecimiento.
«Son vinos con cuerpo, que maridan bien con la comida y con un perfil equilibrado, con mucha fruta», describe.
Pero si tuviera que resumir la identidad de Viñedo San Miguel en una sola característica, no lo dudaría:
«Somos muy sinceros en cuanto a la identidad del vino».
Esa honestidad se traduce en vinos monovarietales que expresan claramente su origen y su personalidad, sin pretender imitar estilos internacionales ni seguir tendencias pasajeras.
La nueva generación de vinos mexicanos
Uno de los avances más significativos en la evolución reciente de la bodega ha sido la incorporación de la enóloga Alejandra Cordero, natural de Chihuahua, que se formó en España y representa a una nueva generación de talento mexicano.
Con experiencia internacional y una sólida formación científica, Cordero aporta una combinación que Solís considera esencial: rigor técnico y sensibilidad creativa.
«Es una gran profesional mexicana», afirma. «Y nos sentimos profundamente orgullosos de que sea una mujer la que esté contribuyendo a forjar el futuro de nuestros vinos».
Su llegada refleja también una transformación más amplia dentro del sector: la creciente participación de las mujeres en un ámbito históricamente dominado por los hombres.
El futuro: consolidar una visión
Doce años después de plantar sus primeros viñedos, Viñedo San Miguel entra en una nueva etapa de madurez.
La cosecha de 2026 se perfila como una de las más prometedoras de la historia de la bodega. Al mismo tiempo, el proyecto avanza en la consolidación internacional de sus marcas, el refuerzo de su oferta de enoturismo y la expansión de su posicionamiento de marca.
Los resultados recientes parecen confirmar los avances logrados hasta ahora: un «Grand Gold» en el Concurso Mundial de Vinos de Bruselas, numerosas medallas internacionales y, ahora, el reconocimiento como «Bodega del Año» por parte de la Asociación de Sommeliers Mexicanos.
Sin embargo, para Jorge Solís, el verdadero reto no ha hecho más que empezar.
«No pretendemos competir con otras bodegas mexicanas», afirma. «Queremos representar a Guanajuato con dignidad y demostrar que el vino mexicano puede estar a la altura de cualquier gran región vinícola del mundo».
