Douglas French
Por Alfredo Espinola
En el corazón de Oaxaca —una tierra de montañas escarpadas y cielos que se tiñen de púrpura al atardecer— se desarrolla una historia que entrelaza tradición, ciencia, biodiversidad y visión social. Es la historia de Douglas French, propietario de Scorpion Mezcal S.A. de C.V., quien ha dedicado más de tres décadas a transformar el cultivo del maguey en un proyecto de conservación y a crear una destilería en la que las mujeres ocupan un lugar protagonista.
De los textiles al mezcal
French nació en Nueva York, pero se mudó a México con su madre cuando era niño. Ella fundó una empresa textil en Oaxaca con el objetivo de dar trabajo a las mujeres. A medida que la economía fue evolucionando, esa empresa pasó a dedicarse a la producción de mezcal, lo que llevó a la fundación de Scorpion en 1996.
En el rancho de dos hectáreas de la empresa, French comenzó a plantar maguey, convencido de que cada planta tenía un sabor único. Descubrió que cada variedad de agave —tobalá, espadín, mexicano y barril— tiene su propio carácter, un matiz que merece ser reconocido.
Para rendir homenaje a esa diversidad, adoptó un proceso inspirado en la tradición del tequila: cocción al vapor en autoclaves de acero inoxidable, molienda en trenes de molienda, fermentación del jugo y destilación en alambiques de olla. Este método, más limpio y controlado, permite que los sabores del agave se expresen con claridad, sin depender exclusivamente del ahumado o del bagazo que caracterizan a otros palenques tradicionales.
La decisión no fue casual: fue un acto de respeto hacia la riqueza natural de Oaxaca y un intento de demostrar al mundo que el mezcal podía ser tan diverso como los paisajes que le dieron origen.
Semillas contra la extinción
El proyecto Scorpion Mezcal pronto fue más allá de la producción. French descubrió que muchas variedades de agave corrían el riesgo de desaparecer: se cosechaban sin que nadie las replantara, y los agricultores dependían de las plantas silvestres que encontraban en las montañas.
Así comenzó su cruzada en favor de la biodiversidad. Recorrió las montañas recolectando semillas de agaves maduros y creó un banco de genes. Con paciencia y experimentación, estableció viveros capaces de propagar variedades en peligro de extinción. El proceso es lento y requiere perseverancia: un maguey puede tardar entre 5 y 14 años en madurar, y se necesitan entre cinco y siete generaciones para estabilizar una especie.
Tras más de 30 años de trabajo, Scorpion ha logrado establecer cinco variedades silvestres, integrarlas en la cadena de suministro agrícola y ofrecer al mercado sabores que, de otro modo, se habrían perdido. Cada botella es, en cierto modo, un acto de resistencia contra la extinción.
Los guardianes invisibles
En la historia del mezcal hay una figura clave que rara vez aparece en las etiquetas de las botellas. No recibe ningún reconocimiento internacional. No gana ningún premio. No se le menciona en las campañas publicitarias. Solo trabaja de noche. Se trata del murciélago.
Aunque gran parte del sector corta la «quiote» para concentrar todos los azúcares en la piña destinada al mezcal, Douglas French se dio cuenta de que esta práctica también eliminaba la principal fuente de alimento de los murciélagos que se alimentan de néctar. Sin flores, estos desaparecen. Y sin ellos, también se pierde gran parte de la polinización natural del agave.
La ecuación era sencilla:
- Menos flores significaban menos murciélagos.
- Un menor número de murciélagos se traducía en una menor diversidad genética.
- Una menor diversidad genética suponía un futuro más frágil para el mezcal.
Por eso tomó una decisión poco habitual en un productor: dejó que floreciera parte de sus plantaciones. Decidió deliberadamente no cosechar algunos agaves para permitirles completar su ciclo biológico. Las flores volvieron a servir de alimento a los murciélagos. Estos transportaron el polen entre las distintas variedades. La naturaleza retomó un proceso que había estado interrumpido durante años por una lógica puramente comercial.
El resultado fue un paisaje diferente: campos en los que algunas plantas se destinaban a la producción y a otras se les dejaba florecer como ofrenda a la biodiversidad. Allí, entre el crepúsculo y el susurro de las alas, se iba forjando un pacto silencioso. El mezcal dejó de ser un mero producto agrícola para convertirse en un ecosistema compartido.
French lo describe como un acto de equilibrio: «Cuando quieres salvar una variedad en peligro de extinción, tienes que dejar que florezcan los quiotes. Son un auténtico festín para los murciélagos y estos, a su vez, garantizan la supervivencia de la especie».
Así, los guardianes invisibles del mezcal —los murciélagos— recuperaron una vez más su lugar en la cadena de la vida. Y Scorpion Mezcal se convirtió en una de las pocas empresas que comprendió que la verdadera riqueza no reside solo en la botella, sino en el vuelo nocturno de aquellos que garantizan la supervivencia del agave.
El laboratorio está en las montañas
Con el paso del tiempo, ocurrió algo inesperado. Algunas semillas comenzaron a dar lugar a plantas diferentes de sus progenitores. El intercambio natural de polen que llevaban a cabo los murciélagos dio lugar a nuevas combinaciones genéticas. Era la naturaleza experimentando por sí misma.
Douglas y su equipo observaron cómo de una sola planta madre podían surgir ejemplares con características diferentes. No todos sobrevivieron. No todos lograron adaptarse. Pero algunos sí lo hicieron. Y esas nuevas variedades representaban una oportunidad extraordinaria para ampliar el patrimonio biológico del agave mexicano.
«Aún no sabemos cuáles perdurarán», reconoce. La naturaleza, al igual que el tiempo, nunca ofrece respuestas inmediatas. Lo que sí sabe es que hoy en día hay variedades que hace treinta años estaban a punto de desaparecer y que ahora vuelven a prosperar gracias a esa labor silenciosa.
No son solo plantas. Son fragmentos vivos de la historia agrícola de México.
Mujeres al frente de la destilería
Si la biodiversidad es el alma del proyecto, el liderazgo femenino es su corazón. Cuando la empresa pasó del sector textil al del mezcal, muchas de las trabajadoras se quedaron en el proyecto. Aprendieron a trocear las cabezas de agave de 50 kilos en pedazos manejables, a manejar con destreza machetes y hachas, y a mantener una limpieza impecable en la destilería, a la que llaman «la cocina».
Hoy en día, el 85 % de los empleados de la empresa son mujeres. La disciplina, la fortaleza y la sensibilidad de estas mujeres han transformado la destilería en un espacio único: un lugar donde la tradición se fusiona con la modernidad y donde el trabajo de las mujeres desafía los estereotipos en un sector históricamente dominado por los hombres.
La identidad y el mercado internacional
En Estados Unidos, Scorpion se ha enfrentado al reto de dar a conocer a los consumidores la diversidad de las variedades de agave, con las que no están familiarizados. Aunque el espadín domina el mercado, con más del 90 % de la producción, la empresa ofrece tobalá, quiche, barril y mexicano, apostando por la autenticidad frente a la uniformidad.
French reconoce que competir con los gigantes del sector es difícil. Empresas como Diageo y Southern Wine and Spirits controlan gran parte de la distribución, lo que deja poco margen a los pequeños productores. Sin embargo, confía en que la historia que hay detrás de cada botella —la biodiversidad, el liderazgo femenino y la tradición— resulte atractiva para quienes buscan algo más que una simple bebida: buscan una historia.
En un mercado saturado, contar la historia se convierte tanto en una estrategia como en un acto de resistencia.
El ritual del mezcal: un recorrido por los sabores
Más allá de la producción, French invita a los consumidores a vivir el mezcal como un ritual. Sugiere degustar una selección de cuatro variedades diferentes, comparando aromas y sabores en cada copa sucesiva. Este ejercicio revela la riqueza del agave: cada variedad ofrece un matiz distinto, una sorpresa que se despliega en el paladar.
«Es como una revelación», afirma. «He servido copas a miles de personas en ferias, y siempre se quedan impresionados al descubrir la gran variedad de sabores que puede ofrecer el agave».
El mezcal, pues, deja de ser solo una bebida: se convierte en una experiencia, un descubrimiento, un puente entre culturas.
Una visión de futuro
En tiempos de crisis económica, la prioridad es la supervivencia. French lo sabe bien: ha superado tres graves recesiones y ha visto cómo incluso grandes marcas como Jack Daniels cerraban destilerías. Sin embargo, su visión es a largo plazo.
Scorpion Mezcal planta miles de magueyes para garantizar el suministro futuro de materia prima y comparte estas plantas con otros productores, lo que refuerza una red dedicada a la conservación de especies en peligro de extinción. La esperanza es que el mezcal se convierta en una categoría tan amplia y reconocida como el tequila, y que las generaciones futuras encuentren en Oaxaca no solo un producto, sino un legado.
«Espero que mi empresa perdure durante tres o cuatro generaciones», afirma French, convencido de que el mezcal todavía tiene mucho que ofrecer al mundo.
El mezcal como legado
La historia de Scorpion Mezcal es la historia de un hombre que decidió sembrar las semillas del futuro en la tierra de Oaxaca. Es la historia de unas mujeres que transformaron la destilería en un espacio de fuerza y dignidad. Es la historia de unos murciélagos que, en la oscuridad de la noche, garantizan la supervivencia de una especie. Cada botella es un testimonio de resiliencia: frente a la extinción, frente a la homogeneización del mercado, frente a la invisibilidad del trabajo de las mujeres.
Pero también es una promesa. Una promesa de que el mezcal puede ser algo más que una simple bebida: puede ser un recuerdo, puede ser un territorio, puede ser una comunidad. Cada sorbo lleva consigo la paciencia de los años, la fragilidad de las semillas, el vuelo nocturno de los murciélagos y la fuerza de las manos que lo producen.
