La Jornada del Vino Mexicano celebrada en la Universidad CESSA incluyó ponencias sobre diversos temas, entre los que se encontraban detalles sobre las regiones vitivinícolas de México.
Por Alfredo Espinola
La celebración del Día del Vino Mexicano 2026, que tuvo lugar el 7 de octubre en la Universidad CESSA de Ciudad de México, sirvió para establecer un vínculo entre la historia de la industria vinícola mexicana y su futuro. Uno de los momentos más destacados fue la ponencia de Javier Casillas, académico y especialista en vino mexicano, quien repasó la historia de las regiones de México que actualmente producen vino.
Una historia que comenzó hace más de cuatro siglos
La historia moderna del vino mexicano se remonta a 1597, cuando se fundó la Hacienda de San Lorenzo —hoy Casa Madero—en el Valle de Parras, en Coahuila, después de que Don Lorenzo García recibiera autorización del rey Felipe II de España para plantar viñas y elaborar vino.
Cuatro siglos después, aquella primera vid que echó raíces en suelo mexicano se ha convertido en un sector presente en numerosos estados de todo el país, que genera cientos de miles de puestos de trabajo y cuenta con una presencia internacional cada vez mayor.
México tiene una característica única que explica en gran medida su riqueza vitivinícola: una gran parte de su territorio se encuentra fuera del llamado «cinturón vitivinícola». No obstante, las montañas y los desniveles crean unas condiciones que, en determinados lugares, favorecen la producción de uva de vinificación. El resultado es un paisaje vitivinícola extraordinariamente diverso, y cada región tiene una personalidad propia.
Querétaro: El vino como experiencia
El recorrido de Casillas comenzó en Querétaro, una de las regiones que mejor ha sabido entender la relación entre el vino, el turismo y la hospitalidad.
La viticultura llegó de la mano de los españoles y, más tarde, se desarrolló en torno a las misiones. Con el paso del tiempo, la región atravesó períodos de auge y de crisis. La Revolución Mexicana provocó la desaparición de muchos de sus antiguos viñedos, pero, décadas más tarde, nuevos productores comenzaron a recuperar la tradición.
La Redonda se convirtió en uno de los proyectos fundamentales de ese renacimiento y contribuyó a situar a Querétaro en el mapa vitivinícola mexicano.
Hoy en día, la región cuenta con docenas de bodegas y una infraestructura turística que incluye restaurantes, hoteles, museos y experiencias relacionadas con el vino. La Ruta del Queso y el Vino se ha consolidado como uno de los principales corredores enoturísticos del país. Entre sus principales protagonistas se encuentran bodegas como La Redonda, con marcas como Sala Vive y Decote, así como Kavan 57 y Puerta del Lobo, proyectos que contribuyen a ampliar la oferta de la región y a reforzar la identidad vinícola de Querétaro.
Querétaro también destaca por sus vinos espumosos, así como por sus vinos blancos y tintos jóvenes.
El estado también ha avanzado en materia de identidad y control de calidad gracias a la labor de su clúster vitivinícola y a los esfuerzos por mejorar la zonificación. La idea es reconocer que no todo Querétaro es igual: la altitud, las precipitaciones, la temperatura y las características del suelo varían.
Guanajuato y el legado de la vid
La historia de Guanajuato está marcada por la tradición religiosa y por figuras que contribuyeron a mantener viva la cultura de la vid.
Una de las historias más fascinantes es la leyenda que vincula al padre Miguel Hidalgo con la elaboración del vino. Más allá de la anécdota romántica, Hidalgo promovió el cultivo de la vid en Dolores y transmitió sus conocimientos a los productores de la región.
A continuación se sucedieron nuevos períodos de crecimiento y declive. La independencia, el Porfiriato y, más tarde, la Revolución transformaron repetidamente el panorama agrícola del estado.
En las últimas décadas, nuevos proyectos han revivido ese legado y han labrado su propio camino. Bodegas como Cuna de Tierra, Tres Raíces, Dos Búhos, Viñedos San Miguel y Guaname forman parte de una nueva generación que impulsa la identidad vitivinícola de Guanajuato.
En la actualidad, Guanajuato ocupa el quinto puesto entre los productores de vino de México, consolidándose como una región emergente que combina historia, innovación y una creciente diversidad de productos.
Aguascalientes: Un nuevo comienzo
Aguascalientes representa una de las historias de recuperación más fascinantes del sector vinícola mexicano.
La tradición vitivinícola se remonta a la época colonial, pero durante muchos años quedó relegada a un segundo plano. Hoy en día, la región vuelve a invertir en la producción, la formación y el enoturismo, con bodegas como Valle Redondo, Domecq, Bodegas de Origen y Vinícola El Secreto, que forman parte de un panorama vitivinícola diverso en el que conviven diferentes escalas y modelos de negocio.
Una de sus mayores ventajas es la capacidad de combinar la formación con la producción. Los centros especializados permiten a los productores y a los nuevos emprendedores llevar sus uvas, aprender los procesos de elaboración del vino y recibir asesoramiento técnico.
Esto reduce uno de los principales obstáculos para quienes desean iniciarse en este sector: el coste y la complejidad que supone incorporarse a él.
La Ruta del Vino de Aguascalientes, que se ha seguido promocionando incluso en plena pandemia, es otro ejemplo de cómo una región puede reconstruir su identidad vitivinícola a través del turismo, acercando a los visitantes a sus bodegas, viñedos y a las historias que dan forma a un sector en constante evolución.
Zacatecas y el poder de la altitud
Zacatecas es un caso aparte. Su relación con el vino es relativamente reciente, pero cuenta con una ventaja natural extraordinaria: la altitud.
Con viñedos situados a unos 2.300 metros sobre el nivel del mar, la región presenta un rango de temperaturas que favorece determinadas características en las uvas.
La producción de vino en Zacatecas surgió de un sector que ya contaba con experiencia en el cultivo de uvas de mesa. La transición a las uvas de vinificación fue un paso natural.
«Tierra Adentro» se ha convertido en uno de los proyectos que han situado a la región en el punto de mira a nivel nacional.
Bodegas que marcan el futuro de San Luis Potosí
Entre las bodegas de San Luis Potosí que merecen atención en la actualidad, destacan dos nombres: Pozo de Luna y Cava Quintanilla. La primera figura entre las marcas de San Luis Potosí más reconocidas a nivel nacional; la segunda comparte protagonismo en una región que está empezando a labrarse su propio espacio dentro del sector vinícola mexicano.
Ambas bodegas se han convertido en referentes de la industria vinícola de San Luis Potosí. Más allá de ser simples proyectos individuales, forman parte de una historia que aún se está escribiendo: la de una región que busca expresar su identidad a través del vino y labrarse un hueco en el mapa vinícola de México.
Jalisco, una nueva frontera para el vino mexicano
Jalisco es una de las regiones más recientes del mapa vinícola de México. Su historia comenzó a orillas del lago de Chapala, donde surgieron pequeños viñedos en jardines y parcelas privadas hasta convertirse en una comunidad de unos diez proyectos que hoy abarcan unas 15 hectáreas.
En los últimos cuatro o cinco años, el vino también ha comenzado a afianzarse en Los Altos de Jalisco, en la parte oriental del estado. Proyectos como Viñedo Altos Norte, Viñedos El Tejón y Finca La Estramancia forman parte de esta nueva etapa, en la que se explora el potencial de una región que busca forjar su propia identidad dentro del sector vitivinícola mexicano.
Coahuila: cuatro siglos de historia
Si hay una región que puede presumir de continuidad histórica, esa es Coahuila.
En el desierto, los primeros misioneros encontraron un oasis y un territorio propicio para el cultivo de la vid. Allí, Parras se convirtió en una de las cunas de la vinicultura mexicana.
La región puede presumir de albergar una de las primeras bodegas comerciales de América. También fue el lugar donde se forjó la historia de Casa Madero, heredera de esa tradición iniciada en la Hacienda de San Lorenzo.
Casa Madero no solo conserva una de las historias más antiguas del vino mexicano, sino que también encarna la capacidad de renovación del sector. En los últimos años, ha modernizado su imagen, ha invertido en tecnología y ha desarrollado una oferta que incluye vinos ecológicos y una mayor diversidad de estilos.
En Coahuila también han surgido proyectos como Don Leo, que ha dado a conocer el nombre de la región en concursos internacionales, así como bodegas que han explorado zonas montañosas capaces de ofrecer las condiciones adecuadas para variedades que requieren climas más frescos, como el Pinot Noir.
A este panorama se suman proyectos como Hacienda Florida y Parvada, que contribuyen a ampliar el perfil vitivinícola del estado y a mostrar diferentes formas de interpretar su territorio. Cada iniciativa, con su propia identidad única, forma parte de un panorama que busca consolidarse sin renunciar a sus raíces.
Chihuahua: El futuro se dirige hacia el norte
Chihuahua destaca como una de las principales esperanzas para el futuro del vino mexicano. Su clima, sus suelos, su altitud y la disponibilidad de agua en determinadas zonas ofrecen oportunidades que están empezando a atraer inversiones de productores de otras regiones.
Los viñedos de Hacienda Encinillas, Tres Ríos y Bodegas Pinesque forman parte de esta historia en desarrollo, lo que refleja el interés por crear una identidad vitivinícola propia en el norte del país.
La posibilidad de ampliar la superficie de cultivo en Chihuahua también aborda uno de los principales retos de Baja California: el agua.
El sector vitivinícola mexicano se enfrenta a una realidad que ya no puede ignorar. El cambio climático está alterando las condiciones de producción en todo el mundo y obligando a los productores a explorar nuevas altitudes, variedades de uva y territorios.
Paradójicamente, México podría encontrar oportunidades en esta transformación. Su diversidad geográfica abre las puertas a nuevas regiones capaces de complementar las zonas vitivinícolas tradicionales y contribuir al futuro del vino mexicano.
Baja California: el corazón contemporáneo
Es probable que Baja California sea la región que más haya contribuido a forjar la imagen actual del vino mexicano.
La historia de sus viñedos está ligada a las misiones y a la labor de los misioneros que se aventuraron hacia el norte. Con el paso del tiempo, diversas bodegas y productores convirtieron los valles de la región en el principal centro vitivinícola del país.
Nombres como Bodegas de Santo Tomás y L.A. Cetto forman parte de esa historia. Junto a ellos, proyectos como Monte Xanic y El Cielo han contribuido a ampliar el alcance de Baja California y a consolidar su posición entre los principales actores del sector vinícola mexicano.
Pero hablar de Baja California como si fuera sinónimo del Valle de Guadalupe es quedarse corto.
La región cuenta con varios valles, cada uno de ellos con unas condiciones únicas que influyen en el crecimiento de la vid y en el carácter de sus vinos.
El Valle de Guadalupe alberga gran parte de las infraestructuras y los proyectos más conocidos. Su proximidad al mar y las variaciones de temperatura contribuyen a crear condiciones favorables para la viticultura.
Sin embargo, hay un reto evidente: el agua.
La presión sobre los acuíferos ha obligado a los productores a buscar nuevas alternativas y ha despertado el interés por otros valles.
San Antonio de las Minas, Tecate, Ojos Negros, Santo Tomás y San Vicente forman parte de este mosaico vitivinícola.
En Ojos Negros, por ejemplo, el frío y las heladas suponen un reto, pero también ofrecen la oportunidad de elaborar vinos con perfiles distintivos.
En Santo Tomás, la historia de la bodega está profundamente entrelazada con la evolución del vino mexicano. Su trayectoria, la incorporación de la tecnología de embotellado y la promoción de variedades de uva como el Nebbiolo y la Barbera forman parte de un proceso que contribuyó a consolidar la identidad vinícola de la región.
Allí también destaca una figura clave: Laura Zamora, considerada una de las primeras enólogas de México y responsable de una etapa importante en la evolución de los vinos de Santo Tomás.
Y luego está Hugo D’Acosta, una de las figuras clave del vino mexicano contemporáneo. Su proyecto «Casa de Piedra» y, más tarde, su famosa «pequeña escuela» contribuyeron a formar a toda una generación de enólogos.
La idea era sencilla, pero muy eficaz: enseñar a la gente a elaborar vino.
Muchos de los proyectos que hoy forman parte del panorama vitivinícola mexicano surgieron de ese intercambio de conocimientos. En una región en la que las bodegas históricas conviven con iniciativas más recientes, la experiencia acumulada se ha convertido en uno de los principales motores de su evolución.
Baja California no solo contribuyó a situar el vino mexicano en el panorama mundial, sino que también ayudó a definir su identidad contemporánea. Su historia sigue escribiéndose entre la tradición, la innovación y la búsqueda de nuevas formas de interpretar la región.
El vino mexicano ante el cambio climático
El cambio climático está presente a lo largo de toda esta historia.
Las regiones vinícolas históricas del Viejo Mundo se enfrentan a temperaturas que parecían impensables hace tan solo unas décadas. Los productores de champán se han visto obligados a replantearse sus estrategias; en Argentina, algunos viñedos se han trasladado a zonas de mayor altitud; y países como Inglaterra, Dinamarca y Noruega están empezando a desarrollar proyectos que antes parecían imposibles.
México también se ve obligado a adaptarse.
La altitud podría convertirse en una ventaja. Es posible que algunas regiones adquieran mayor importancia, mientras que otras se enfrenten a problemas cada vez mayores relacionados con el agua o la temperatura.
Pero la adaptación por sí sola no será suficiente sin una estrategia a largo plazo.
Uno de cada tres
México sigue siendo un país cuya cultura está mucho más ligada a la cerveza y a las bebidas espirituosas que al vino. Durante décadas, el vino se consideraba una bebida para ocasiones especiales o un producto asociado a determinadas clases sociales.
Eso está cambiando.
Los consumidores jóvenes buscan vinos más ligeros, frescos y fáciles de beber. También buscan experiencias, autenticidad e historias que les conecten con el origen del producto.
El reto, pues, no consiste simplemente en producir más.
Es para contar mejor la historia.
Durante el evento se destacó un dato estadístico especialmente significativo: hoy en día, aproximadamente una de cada tres botellas de vino que se consumen en un restaurante de México es mexicana.
Se trata de un cambio cultural muy importante.
Y detrás de ello hay cientos de productores, regiones y proyectos que llevan años trabajando para que el vino mexicano deje de ser una curiosidad y se convierta en una opción natural.
El siguiente capítulo
El sector sigue enfrentándose a importantes retos: el agua, las infraestructuras, el apoyo a las zonas rurales, la profesionalización, la regulación, la normalización y el fomento de una cultura más sólida del consumo de vino.
Uno de los retos que se destacaron durante el debate fue la coherencia. Los consumidores deben poder encontrar una calidad reconocible año tras año. La confianza se forja cuando una marca mantiene su identidad y sus estándares de calidad.
El sector también necesita encontrar su propia identidad.
México cuenta con excelentes variedades de Cabernet Sauvignon, Merlot, Chardonnay, Syrah, Nebbiolo y muchas otras. Sin embargo, sigue buscando una uva emblemática que pueda convertirse en un símbolo internacional, como el Malbec de Argentina, el Carmenère de Chile o el Shiraz de Australia.
Quizá la respuesta no esté en elegir una sola variedad, sino más bien en su diversidad.
Una geografía compleja. Microclimas. Altitudes. Historias diferentes. Productores con filosofías diversas. Tradiciones que tienen su origen en Europa y que, tras cuatro siglos, ahora también forman parte de México.