Por Alfredo Espinola
A veces, la historia de José Miguel Jáuregui Ramírez parece ir a contracorriente.
Nació en 1989 en Ahualulco de Mercado, un pequeño pueblo de Jalisco donde las salidas profesionales parecían estar predeterminadas: médico, profesor o sacerdote. En aquel entorno rural, rodeado de campos de maíz y agave, nadie habría podido imaginar que aquel niño acabaría dedicando su vida al vino y representando a México en concursos internacionales de sumilleres. Y menos aún él mismo.
En la actualidad, desde Los Cabos, donde ejerce como responsable de vinos en el Maravilla Beach Club —una de las urbanizaciones residenciales más exclusivas del país—, José Miguel dirige los programas de vinos de diversos establecimientos gastronómicos, elabora cartas de vinos especializadas y sigue forjándose una carrera que le ha situado entre los sumilleres más destacados de México.
A principios de este mes, su destreza como sumiller recibió un gran reconocimiento: ganó el Concurso Nacional de Sumilleres de México 2026 y representará a México en el concurso «Mejor Sumiller del Mundo» de la ASI, que se celebrará el próximo mes de octubre en Lisboa, Portugal.
Sin embargo, los orígenes de esta historia se encuentran lejos de las grandes bodegas europeas o de los restaurantes de alta cocina.
Todo empezó en el campo
Sus abuelos eran agricultores; su padre, ingeniero agrónomo. Desde niño, aprendió a convivir con la tierra, el maíz y el agave; incluso plantaba cultivos junto a sus tíos. Esa cercanía a los ciclos agrícolas le marcó profundamente, aunque en aquel momento no se diera cuenta.
Durante años, creyó que estudiaría medicina. Era el camino lógico, la profesión respetada, lo que esperaba la familia.
Pero la vida tenía otros planes.
En el instituto, empezó a trabajar en restaurantes y bares. Allí descubrió algo que despertó en él un tipo diferente de curiosidad: el servicio, las bebidas y la experiencia que se vive alrededor de una mesa. Mientras otros soñaban con hospitales o bufetes de abogados, él empezó a sentirse atraído por el mundo de la hostelería.
La botella que lo cambió todo
Esa escena sigue muy viva en su memoria.
Su padre organizó una barbacoa familiar y le pidió que hiciera algo que parecía sencillo: elegir el vino.
José Miguel trabajaba como camarero por aquel entonces y asumió la misión con confianza. Entró por primera vez en una tienda especializada en vinos y quedó fascinado por la diversidad de marcas, regiones y variedades de uva.
De entre cientos de opciones, eligió un vino español: Sangre de Toro. La recomendación parecía perfecta, pero la realidad fue muy diferente.
Durante la cena, el vino no convenció a nadie: ni a sus padres, ni a él mismo.
«Aunque fingí que me había gustado», recuerda riendo.
No quería admitir que había cometido un error.
Lo que para muchos habría sido una experiencia olvidable se convirtió en una obsesión intelectual para José Miguel. Quería entender por qué aquel vino tenía ese sabor. ¿Por qué algunos vinos resultaban agradables y otros no? ¿Qué se escondía detrás de una botella?
El descubrimiento del sumiller
Cuando llegó el momento de elegir una carrera universitaria, José Miguel ya había descartado la medicina.
Le atraía la gastronomía, pero encontró un camino alternativo en la licenciatura en Turismo de la Universidad de Guadalajara. Esa decisión le llevó a Puerto Vallarta, una ciudad que cambiaría el rumbo de su vida.
Fue allí donde tuvo lugar el enfrentamiento decisivo.
Apenas había empezado la universidad cuando asistió a una charla que se celebraba en el marco de un festival del vino local. El ponente era el sumiller Juan Carlos Alcántara.
Vestido con el uniforme de servicio tradicional, Alcántara habló sobre vinos de todo el mundo ante un auditorio repleto de estudiantes. Para muchos, no fue más que otra clase; para José Miguel, fue toda una revelación.
«Fue entonces cuando me di cuenta de que esa profesión existía de verdad. De que era posible dedicarse profesionalmente al vino en México».
A partir de entonces, se embarcó en una etapa de aprendizaje voraz: revistas, libros, catas y, sobre todo, los vinos mexicanos pasaron a formar parte de su formación autodidacta.
Lo que había comenzado como una mera curiosidad empezaba a convertirse en un objetivo.
En busca de un sueño
Tras terminar la universidad, se incorporó a Vidanta Resorts como conserje. El trabajo no tenía mucho que ver con el vino, pero le permitió financiar algo que consideraba esencial: su formación como sumiller.
Esa decisión marcaría el inicio oficial de su carrera.
Uno de los principales formadores del programa de certificación no era otro que Juan Carlos Alcántara, el hombre que, años atrás, le había enseñado por primera vez que el vino podía ser una profesión.
Esa formación le abrió las puertas a sus primeras oportunidades profesionales.
Trabajó en empresas de importación, colaboró con restaurantes y, más tarde, se incorporó al Grupo La Palapa, una de las escuelas más importantes de su trayectoria profesional. Allí aprendió los aspectos prácticos del negocio del vino: costes, rotación de existencias, diseño de cartas, estrategias de venta y servicio.
Fue allí donde se dio cuenta de que un sumiller no solo recomienda botellas, sino que crea experiencias.
El siguiente hito importante se produjo en 2015, cuando quedó en segundo lugar en un concurso nacional de vinos. El premio incluía un viaje a Ensenada, donde pasó unos días con algunos de los mejores sumilleres de México.
Esa experiencia le abrió los ojos. Por primera vez, se dio cuenta de la diferencia que había entre su propio nivel de habilidad y el de las figuras consolidadas del sector. Lejos de desanimarse, decidió convertir esa diferencia en motivación.
Se dio cuenta de que, si quería crecer, tenía que salir de su zona de confort. Esa decisión le llevó a Los Cabos.
En 2018, se incorporó al equipo dirigido por Gabriel Reynoso, una de las figuras más respetadas del mundo de la sumillería mexicana. Allí se encontró con un entorno muy exigente, vinos más complejos, un servicio de alta cocina y una cultura de aprendizaje continuo.
También descubrió el mundo de los concursos profesionales. Participó en concursos nacionales, se entrenó con disciplina y empezó a organizar grupos de cata con compañeros de la región. Sus esfuerzos dieron sus frutos.
En 2019, ganó el primer puesto en el Concurso Nacional de Jóvenes Sumilleres de la Chaîne des Rôtisseurs, un resultado que le permitió representar a México en Corea del Sur.
Ese mismo año, obtuvo el título de «Certified» de la Court of Master Sommeliers con la nota más alta de su promoción.
Lo más destacable es que detrás de cada galardón se esconde una historia menos visible: interminables horas de estudio, catas a ciegas, simulaciones de servicio y un nivel de disciplina que pocos imaginan cuando ven a un sumiller en el comedor de un restaurante.
Porque el vino, insiste José Miguel, no consiste en memorizar etiquetas, sino en comprender, conectar y aprender constantemente.
Quizá por eso uno de los aspectos que más le gusta ahora mismo es formar a nuevos profesionales. Durante años, ha guiado a jóvenes sumilleres en el proceso de preparación para concursos y certificaciones. Varios de ellos han llegado a proclamarse campeones nacionales.
Lejos de guardarse sus conocimientos para sí mismo, ha decidido compartirlos.
En 2022, comenzó una nueva etapa en Maravilla Los Cabos. Desde allí, ha tenido la oportunidad de viajar a Francia, Italia y otros destinos relacionados con el vino, al tiempo que sigue avanzando hacia la obtención de las certificaciones más exigentes del sector.
Uno de sus hitos más importantes se produjo recientemente, cuando obtuvo el nivel «Advanced» de la Court of Master Sommeliers, una acreditación de la que solo gozan un número muy reducido de profesionales mexicanos.
La brújula invisible que hay detrás de cada victoria
Sin embargo, cuando habla de sus logros, José Miguel suele volver siempre al mismo recuerdo: aquella competición en la que no consiguió pasar a la final. Ese momento en el que salió decepcionado y se encontró a su madre esperándole fuera.
«Ya verás, el año que viene será mejor», le dijo ella.
Con el paso del tiempo, esa frase acabó convirtiéndose en una especie de brújula personal.
Porque si hay algo que define la trayectoria de José Miguel Jáuregui, no son los trofeos ni los títulos, sino la perseverancia: la capacidad de seguir adelante cuando los resultados no llegan. La determinación de seguir aprendiendo, incluso después de haber alcanzado metas que otros considerarían suficientes.
Quizá por eso, hoy, cuando vuelve a Ahualulco de Mercado y habla con su familia, sonríe al recordar que, durante mucho tiempo, sus abuelas pensaban que iba de puerta en puerta vendiendo vino.
Explicar exactamente en qué consiste el trabajo de un sumiller sigue siendo complicado, pero ya no es necesario. Sus viajes, sus concursos, sus galardones y su trayectoria hablan por sí solos.
Y en algún lugar entre los campos de agave de su infancia y las amplias cartas de vinos que gestiona hoy en día, José Miguel encontró algo mucho más importante que una profesión.
Encontró su vocación.

