Por Alfredo Espinola
Cuando uno piensa en licores mexicanos, le vienen a la mente el tequila y el mezcal, quizás seguidos del sotol. Pero no un ron excelente. Eso podría estar a punto de cambiar.
Hoy, Alejandra Bretzfelder representa la cuarta generación de una empresa familiar que comenzó produciendo licores, destilados añejos y productos para bares. Pero durante años, su padre albergó un sueño: crear un ron mexicano de primera calidad.
El proyecto comenzó hace aproximadamente una década. Sin embargo, su lanzamiento es mucho más reciente. Hace apenas un año y medio que esas ideas, pruebas y años de trabajo finalmente se materializaron en una botella.
Así nació Casey Key.
“Siempre decimos que es el arte del ron mexicano”, explica Alejandra. Y no es una frase elegida al azar. Para ella, elaborar ron implica mucho más que solo destilar. Incluye el cuidado de las barricas, el añejamiento, la mezcla y la precisión necesaria para asegurar que cada lote conserve la identidad del producto.
La familia emplea técnicas de inspiración cubana y añeja el ron en barricas impregnadas de fruta, experimentando con diferentes combinaciones hasta encontrar el perfil deseado. Es un proceso en el que el tiempo influye, pero en el que el toque humano también juega un papel fundamental.
El resultado son dos variedades: un ron blanco cristalino, añejado durante cuatro años y luego sometido a un proceso de filtración especial, y un ron añejado durante siete años, el favorito de la familia y también el que ha conquistado a la mayoría de los catadores.
El espíritu de los piratas
El nombre y la identidad de Casey Key también tienen una historia detrás.
La marca se inspira en una isla de Florida asociada, según la tradición familiar, con antiguos piratas que, según se dice, llegaron a Isleta Pérez en Tampico, donde la empresa tiene sus orígenes.
La conexión resultó natural. El ron y los piratas comparten una poderosa imaginería: viajes, aventuras, puertos y personajes que cruzan fronteras.
Por eso, la marca busca ser elegante sin alejarse de ese mundo. No intenta disfrazar el ron mexicano como algo que no es; quiere contar su propia historia, utilizando un lenguaje contemporáneo y una identidad que pueda trascender fronteras.
Este último punto es importante para Alejandra. El objetivo es que el ron llegue a los mercados internacionales. Por eso, la etiqueta incorpora frases en inglés —considerado un idioma universal— sin dejar de lado elementos de la identidad mexicana.
El reto, explica, era encontrar un equilibrio.
No querían depender necesariamente de las señales visuales que los consumidores suelen asociar de inmediato con otras bebidas espirituosas mexicanas. Buscaban algo diferente: algo que transmitiera exclusividad, elegancia y esencia mexicana sin ser predecible.
De la miel de caña de azúcar al barril
El carácter del ron comienza a definirse mucho antes de que llegue a la botella.
Casey Key se elabora con miel virgen de caña de azúcar, un ingrediente que, como explica Alejandra, conserva los azúcares de la caña y ayuda a definir el perfil de la bebida espirituosa.
A continuación, llega uno de los elementos que más distinguen el proceso: la crianza en barricas de roble americano de primer uso.
Para Alejandra, las barricas nuevas permiten una concentración de sabores única. Y es precisamente en esa interacción entre madera, tiempo, fruta y alcohol donde comienza otra parte de la historia. El proceso transforma sus características y puede producir aromas y sabores que los consumidores terminan asociando con otros ingredientes: chocolate, clavo, pasas, frutos secos o caramelos.
Es uno de los momentos que Alejandra más disfruta: cuando alguien prueba el ron.
“Esa es la parte interesante”, dice. Que uno puede acercarse, olerlo y empezar a reconocer por sí mismo lo que percibe en la copa. El ron se convierte entonces en una experiencia personal, casi una conversación entre el producto y quien lo degusta.
Una empresa donde la familia es clave.
Casey Key sigue siendo una pequeña empresa familiar. Y ese ambiente familiar se refleja también en su forma de trabajar.
Alejandra se centra principalmente en las ventas y en la apertura de nuevos puntos de distribución. Ha trabajado para introducir el producto en cadenas y tiendas, mientras que el resto de la familia participa en diferentes etapas del negocio.
Su conexión con el mundo de los espíritus comenzó en su infancia. Fue su padre quien poco a poco la introdujo en ese mundo, enseñándole sobre los productos y los procesos.
Actualmente, ella trabaja junto a él en el proyecto.
Pero detrás de esa implicación se esconde algo más profundo: la oportunidad de continuar una historia que comenzó mucho antes de que ella naciera.
Un ron que pretende poner a Tampico en el mapa.
En México, el ron cuenta con un público fiel, pero la variedad de rones mexicanos sigue siendo relativamente escasa.
Para Alejandra, ahí reside precisamente la oportunidad.
Casey Key comenzó centrando gran parte de sus esfuerzos en Tamaulipas, donde ha tenido una acogida especialmente entusiasta. El producto empezó a ganarse el cariño de la gente de la región.
“Sienten que es suyo”, dice ella.
Y esa frase quizás explique mejor que cualquier estrategia de marketing lo que significa producir una bebida espirituosa de una región que no suele asociarse con el ron. Así como el tequila evoca una región y el mezcal otras partes de México, Alejandra quiere que algún día la gente escuche la palabra "ron" y piense también en Tamaulipas.
Para lograrlo, la estrategia es tan simple como tradicional: estar presente, dejar que la gente huela, pruebe y hable del producto. Las redes sociales ayudan. La publicidad digital también.
Pero Alejandra sigue creyendo en algo más tangible: la experiencia cara a cara. Una degustación. Una conversación. Una copa servida para alguien que nunca antes ha probado el ron.
“Siento que no hay nada como algo físico”, dice.
La historia que casi nunca cuentan
Hay una parte de esta historia de la que Alejandra admite que no suelen hablar mucho.
Es la historia de su familia.
La marca prefiere hablar de piratas porque es una historia que emociona, despierta curiosidad y conecta de inmediato con la identidad de Tampico. Pero detrás de esa narrativa se esconde una mucho más íntima.
La familia empezó desde abajo. Su padre heredó una tradición transmitida por sus propios padres y abuelos, y hubo un tiempo en que producir licor era una actividad muy diferente.
Alejandra cuenta que su abuela y su bisabuelo trabajaban juntos elaborando licor en casa. Eran principalmente mujeres quienes participaban en el proceso, sobre todo en tareas como el embotellado.
Luego llegó un momento en que se prohibió la producción de alcohol.
Los agentes de policía entraban en la casa armados con machetes, destruían los alambiques de cobre y se llevaban o destruían el producto del que dependía la familia para su sustento.
Para la abuela de Alejandra, esa experiencia dejó una profunda huella. La producción de licores pasó a asociarse con tiempos difíciles, miedo y la pérdida del sustento familiar.
Por eso, durante mucho tiempo, intentó convencer a su hijo de que siguiera un camino diferente.
Años después, la historia dio un giro inesperado: su hijo no abandonó el mundo de las bebidas espirituosas, y ese sueño, que comenzó en un hogar con operaciones mucho más modestas, acabó convirtiéndose en un ron mexicano de alta gama.
El ron de siete años
Curiosamente, la abuela acabó convirtiéndose en una de las mayores admiradoras del producto final.
No le gusta el negocio de las bebidas alcohólicas. Los recuerdos de su juventud son demasiado vívidos para eso. Pero sí le gusta mucho el ron.
Alejandra dice, entre risas, que su abuela es la fan número uno y que disfruta de una copa todas las noches; y hay una imagen que quizás resume el significado de todo este proyecto mejor que ninguna otra.
Una hacienda, una mesa, sus seres queridos, Alejandra... y si tuviera que elegir una botella para compartir con ellos, no lo dudaría.
El ron de siete años es el favorito de la familia, y cuando ella imagina ese momento, lo que quiere decirles no tiene nada que ver con ventas, exportaciones o crecimiento.
Quiere darles las gracias, decirles que está orgullosa de ellos, que está agradecida por todas las oportunidades que le han brindado, que los quiere; quizás, después de todo, ese sea el verdadero espíritu de este ron.
No está en los piratas de la etiqueta, ni en los barriles, ni siquiera en los siete años de añejamiento.
Se trata de una familia que empezó elaborando licores en casa, que pasó por momentos difíciles, que volvió a empezar y que hoy mira hacia afuera con la intención de llevar un pedacito de Tampico al mundo.
Alejandra espera que, en cinco años, Casey Key se convierta en una marca internacional.
Pero su ambición más sencilla es también la más hermosa: que algún día sea un ron presente en los hogares, en las mesas y en las cenas donde la gente se reúne para compartir buenos momentos.
