Luis Fabricio Hernández Navarro
Por Alfredo Espinola
Luis Fabricio Hernández Navarro creció en Mendoza (Argentina) entre hileras de viñas, conversaciones sobre la vendimia y aromas que, con el paso del tiempo, llegaría a comprender que habían marcado su destino mucho antes de que pudiera siquiera darle un nombre.
«De tal palo, tal astilla», dice riendo, mientras sus recuerdos le transportan a sus abuelos, viticultores que en su día fueron propietarios de una pequeña bodega familiar. Esas tardes entre los viñedos, la forma natural en que el vino se entrelazaba con la vida cotidiana y el paisaje de Mendoza extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista… Todo ello forjó, en última instancia, algo más profundo que una profesión: una vocación.
Sin embargo, el camino no fue inmediato.
Aunque el deporte acaparó gran parte de su pasión juvenil, decidió estudiar enología en la Universidad Católica de Cuyo, tras graduarse en el histórico colegio Don Bosco Rodeo del Medio de Mendoza. Fue allí donde esa intuición silenciosa, que llevaba años gestándose, se convirtió por fin en una certeza.
«La elaboración del vino te atrapa», afirma. «Una vez que empiezas a entenderla, ya no puedes dejarla».
El aroma familiar de la bodega
Fabricio no habla de un único mentor cuando recuerda sus comienzos. Habla de personas, lugares y experiencias compartidas. Menciona a sus tíos y primos durante las vendimias, sus primeros trabajos en la bodega y a aquellos enólogos que, generosamente, alargaban sus jornadas laborales para enseñarle un poco más.
Pero, sobre todo, recuerda un olor: «El olor de la bodega me resultaba familiar».
Quizá esa sea la clave para entender su historia. Para Fabricio, el vino nunca fue solo una industria. Antes de ser un negocio, era su hogar.
Esa conexión emocional con la elaboración del vino se fue transformando con el paso de los años en una filosofía de vida basada en el aprendizaje permanente y en la responsabilidad de transmitir los conocimientos.
«No conozco a nadie que se dedique a la elaboración de vino a menos que le apasione. La vendimia exige demasiado sacrificio como para seguir en esto por cualquier otra razón».
Cuando dos jóvenes decidieron desafiar la tradición
No se puede contar la historia de Luis Fabricio Hernández sin mencionar a Agostina, su esposa, socia y compañera de vida.
Se conocieron en la universidad y compartían algo más profundo que una simple profesión: la curiosidad, la inquietud creativa y una necesidad casi inevitable de cuestionar el statu quo.
Recién salidos de la universidad, tomaron una decisión que muchos consideraron una locura: elaborar un vino con una variedad que prácticamente había desaparecido en Argentina: la Canarí.
Entonces descubrieron un dato que parecía sacado directamente de otra época: en toda Mendoza apenas quedaban siete hectáreas plantadas con esa variedad. Cuatro de ellas pertenecían a la familia de Fabricio.
Con unos ahorros limitados, un generoso préstamo de una pequeña bodega y ese valor que suele caracterizar a quienes aún no conocen el miedo al fracaso, elaboraron sus primeras mil botellas.
«Nunca se nos ocurrió venderlos. Estaban pensados para compartirlos con amigos y familiares», recuerda.
Las mil botellas desaparecieron rápidamente.
Fue entonces cuando se dieron cuenta de dos cosas. En primer lugar, que quizá tenían entre manos algo realmente especial. En segundo lugar, que la elaboración del vino era infinitamente más compleja de lo que habían imaginado.
Y así, en 2008, nació Wines of Sins.
El pecado como declaración de principios
En la Argentina de finales de la década de 2000 —un panorama dominado por el Malbec y por estructuras profundamente tradicionales—, Wines of Sins irrumpió en escena como un manifiesto.
Los siete pecados capitales dejaron de ser meros conceptos religiosos; se convirtieron en etiquetas, discursos estéticos y afirmaciones filosóficas.
Cada vino pretendía expresar un carácter, una emoción y una forma particular de entender el terruño. «Ira», elaborado con Malbec y Cabernet Franc, en una época en la que esa combinación aún parecía una provocación. «Orgullo», concebido a partir de la tradición clásica. «Lujuria», interpretada a través del Cabernet Franc. «Pereza», elaborado con técnicas poco habituales para la época.
Estos eran solo algunos ejemplos del universo conceptual que Fabricio y Agostina crearon en torno a los siete pecados capitales. Cada etiqueta representaba una personalidad distinta, su propia historia y una invitación a cuestionar las convenciones del vino tradicional. Más que una simple colección, «Wines of Sins» se convirtió en una declaración de principios: una forma de demostrar que el vino también podía ser irreverente, emotivo y profundamente humano.
«Siempre quisimos romper con el statu quo», explica. «Ser disruptivos no era una estrategia empresarial. Era simplemente nuestra forma de entender el vino… y también la vida».
Con el paso del tiempo, el proyecto se amplió hasta abarcar exportaciones a casi diez países y se consolidó como una de las iniciativas más personales y originales de la nueva generación de enólogos argentinos.
México: Amor a primera vista
En 2015, una llamada telefónica volvió a cambiar el rumbo de su historia.
Carlos Quintanilla buscaba un enólogo capaz de desarrollar un proyecto incipiente en San Luis Potosí. Fabricio aceptó viajar a México durante unas semanas.
Nunca se imaginó que aquel viaje acabaría cambiando por completo su vida. «Fue amor a primera vista», recuerda.
No había ninguna marca consolidada, ni etiquetas, ni una reputación ya forjada. Solo había un viñedo, una idea y la oportunidad única en la vida de crear algo desde cero.
Durante varios años, Fabricio y Agostina dividieron su tiempo entre Argentina y México, cruzando fronteras y acumulando kilómetros, al tiempo que desarrollaban Wines of Sins y el proyecto que con el tiempo se convertiría en un referente del vino mexicano contemporáneo: Cava Quintanilla.
«Mi corazón siempre estará en San Luis», admite.
Más tarde llegó Tres Raíces y decenas de proyectos de consultoría en regiones tan diversas como Querétaro, Hidalgo, Chihuahua, Jalisco, Sinaloa, Guanajuato y Baja California.
La identidad del vino mexicano aún se está forjando
Pocas personas conocen las diferencias entre Argentina y México tan a fondo como Fabricio.
En Argentina, explica, el vino forma parte de la vida cotidiana; en México, el sector sigue atravesando un extraordinario proceso de desarrollo y descubrimiento.
«Aquí, el terruño cambia radicalmente cada veinte kilómetros. Eso es lo que resulta tan fascinante: la versatilidad que ofrece este país».
Tras más de una década trabajando en México, observa con admiración el crecimiento sostenido de la industria nacional, la creciente sofisticación de los consumidores y el entusiasmo de las generaciones más jóvenes.
Para él, la identidad del vino mexicano aún se está forjando, una realidad que, lejos de preocuparle, le entusiasma.
Lo considera una oportunidad histórica para experimentar, cometer errores, volver a empezar y descubrir qué variedades de uva, regiones e historias definirán el futuro del vino mexicano.
«Cada año tenemos la oportunidad de hacerlo mejor que el año anterior. Eso es lo que hace que este viaje sea tan emocionante».
La felicidad como destino
Cuando se le pregunta cómo se siente al pasear por un viñedo, Luis Fabricio Hernández responde sin jerga técnica, sin referencias académicas y sin buscar una frase memorable.
Él responde con una sola palabra: «Felicidad».
Una palabra que se repite varias veces a lo largo de la conversación, para destacar la felicidad que siente al observar la poda de invierno, durante la brotación, al recibir la uva en la bodega y cuando un vino adquiere por fin su forma definitiva.
Para él, elaborar vino es como resolver un rompecabezas cuya respuesta puede tardar años en revelarse.
«Siempre estamos buscando una perfección que nunca llega. Pero precisamente por eso seguimos haciéndolo».
El vino como estilo de vida
Si pudiera retroceder en el tiempo y encontrarse con aquel joven de Mendoza que soñaba con elaborar vino junto a Agostina, no le hablaría de sacrificios ni de dificultades. Le diría algo mucho más sencillo.
«Sigue adelante. No te rindas. No te arrepentirás».
Quizás porque, tras viajar por distintos continentes, poner en marcha proyectos, formar una familia y tender puentes entre Argentina y México, Luis Fabricio Hernández haya descubierto algo que trasciende la técnica, la industria y los negocios.
El vino no es solo una bebida: es memoria, identidad y territorio.
Y, sobre todo, es una forma muy especial de descubrir el mundo.
