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Rompope licor de vainilla bebida de ponche de huevo en México, tradicional para la época navideña
Por Alfredo Espinola
El rompope, dulce símbolo de la tradición mexicana, tiene su origen en los conventos de Nueva España en el siglo XVII. En el convento de Santa Clara, las monjas clarisas reinterpretaron antiguas recetas europeas de ponche de huevo, incorporando leche, vainilla de Veracruz y alcohol de caña. Su nombre procede de la palabra española rompon, una bebida similar elaborada con ron.
Así nació una bebida cremosa, cálida y festiva que pronto trascendió los muros del convento para convertirse en símbolo de hospitalidad y celebración. Su sabor mestizo, mezcla de técnica europea y alma mexicana, conquistó el virreinato y, con el tiempo, todo el país. Hoy, el rompope mantiene su esencia, una tradición que evoca hogar, fiesta y recuerdo.
Del claustro a la frontera
"Rompope tiene una base muy sencilla, pero cada casa, cada convento y cada marca le da su toque. Eso es lo que la hace única", afirma Javier Martínez, director general de Martínez Brands, empresa que distribuye bebidas mexicanas en Estados Unidos, entre ellas la icónica Rompope de Santa Clara.
Durante casi tres décadas, Martínez ha sido testigo de su viaje cultural, de bebida de convento a producto de exportación, de símbolo religioso a estandarte emocional para los emigrantes.
"Rompope no ha desaparecido con la asimilación cultural; al contrario, sigue creciendo en ventas. Es una bebida de nostalgia, pero también de descubrimiento", afirma.
En México, su consumo se entrelaza con las celebraciones religiosas y familiares; en Estados Unidos, con los recuerdos del hogar.
"En las ferias o exposiciones, los mexicoamericanos siempre me dicen: 'Este es el rompope que compraba mi abuela'", dice Martínez. "Pero cuando les pregunto si lo han comprado, me contestan: 'No, nunca. No sé qué hacer con él'. Ese es nuestro gran reto, conectar con los jóvenes".
Su observación resume una paradoja cultural: el Rompope es un icono atrapado entre generaciones. Durante años, su dulzor y su imagen tradicional la encasillaron como una bebida femenina o para ocasiones especiales.
"Hay muchos consumidores masculinos de armario", dice Martínez con humor y franqueza. "Les gusta, pero no lo piden en público. Eso tiene que cambiar".
Del altar a la estantería
A finales del siglo XX, dos marcas de rompope -Santa Clara y Coronado- convirtieron el licor artesanal en un producto industrial con una identidad visual inconfundible. En el caso de Santa Clara, son la monja de la etiqueta, el tono dorado y la vainilla que perfuma el aire al abrirlo.
Sin embargo, existen matices entre esas marcas.
"Santa Clara es más ligera, tiene un 12% de alcohol y es menos dulce. Coronado, en cambio, tiene un 10% de alcohol y una textura más cremosa. Tienen perfiles diferentes, como la Coca-Cola y la Pepsi", explica Martínez. Esta diversidad permite utilizar el rompope tanto en cócteles como en repostería, como flanes, tartas de tres leches, tamales, crème brûlée y tartas de queso.
Más allá del consumo directo, solo o con hielo, el 80% del rompope se utiliza como ingrediente culinario. Pero Martínez quiere ampliar esa perspectiva.
"Queremos que el rompope se sienta tan natural como el café con licor o un cóctel artesanal. Tiene el potencial de ser tan versátil como el Baileys, pero con alma mexicana", afirma.
Para conseguirlo, la empresa está explorando nuevos formatos y colaboraciones con chefs y cocteleros. "La tendencia mundial es hacia los cócteles listos para beber (RTD), listos para servir en latas. Los jóvenes ya no quieren botellas ni vasos; quieren una pequeña lata que puedan llevarse consigo. El vino ya se ha adaptado, el tequila también; el rompope puede hacerlo perfectamente", afirma.
El espíritu artesanal de las Highlands
A cientos de kilómetros de los conventos de Puebla, en San Felipe, Guanajuato y San Luis Potosí, la empresa Guanamé escribe su propia versión contemporánea del rompope. Entre pastos limpios y paneles solares estables, Juan Pablo Torres Barrera, director de la división de productos lácteos, supervisa la producción con orgullo y atención al detalle.
"Todo empieza con nuestras vacas Holstein. Son las reinas del establo y las mimamos mucho. Cuidamos lo que comen, su bienestar y el entorno que las rodea", afirma.
La leche fresca, obtenida en un entorno sostenible, es la base de un rompope que ha ganado medallas y conquistado paladares dentro y fuera de México. La leche, el azúcar, las yemas de huevo pasteurizadas, la maicena, la vainilla y el alcohol de caña -procedentes de productores locales- se mezclan en ollas abiertas de acero inoxidable.
"Procesamos en pequeños lotes, conservando la receta original que tenemos desde hace veinte años", dice Torres Barrera. "No somos una marca de gran volumen. Somos una marca nicho, centrada en la calidad y en contar una historia de origen."
Ese respeto por el proceso artesanal ha cosechado sus frutos: Guanamé es el primer rompope del mundo en ganar medallas de oro en el Concurso Mundial de Bruselas, tanto en su edición Selección México como en la Internacional Spirit Selection.
La marca está en supermercados de México y en Chicago, Texas, Florida y Arizona; recientemente lanzó un mocachino de rompope con canela, un sabor completamente nuevo en la industria; y prepara el lanzamiento de Caramel Cream, una crema de caramelo y avellana que debutará en Estados Unidos.
"Ese producto está despegando mucho en coctelería y cafeterías. Es nuestro próximo paso", afirma Torres Barrera.
Entre la nostalgia y la reinvención
Tanto Martínez como Torres coinciden en que el rompope está viviendo un renacimiento. No se trata de sustituir la imagen tradicional, sino de reinterpretarla.
"La monja de la etiqueta y el color dorado representan nuestras raíces, pero tenemos que mostrar nuevas formas de disfrutarlo", dice Martínez.
Torres se suma a ello desde su perspectiva artesanal.
"Queremos que los jóvenes lo vean y digan: 'Lo compro, me lo llevo a casa y lo uso en un café o un postre'. Queremos que el rompope vuelva a formar parte de las celebraciones mexicanas, pero con un toque moderno", explica.
El reto es emocional y cultural. Se trata de conciliar dos perspectivas: la de la memoria, la de la abuela sirviendo un vasito después de la cena, y la de un México que experimenta, mezcla y exporta su sabor al mundo.
El rompope no busca competir con el tequila o el mezcal; busca reafirmar una dulzura que define la identidad, una forma líquida de la memoria. Quizá por eso el rompope sobrevive. En un mercado dominado por modas pasajeras, esta bebida sigue siendo un testimonio de cómo México transforma lo cotidiano en arte y sabor.
"Cuando alguien abre una botella de rompope, no sólo está degustando una bebida, está tocando un trocito de su historia", concluye Martínez.
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