Agostina Astegiano
Por Alfredo Espinola
Agostina Astegiano nació en Mendoza (Argentina) y, a los 12 años, se mudó con su familia a una finca en Río Bamba. Allí conoció a Don Bianchi, un viticultor que le enseñó que el amor por la tierra se expresa a través de la paciencia y la dedicación. La muerte de Bianchi en su propio viñedo afianzó su convicción de que el vino sería su vocación.
Tras licenciarse en Enología por la Universidad Don Bosco, conoció a su marido, Fabricio Hernández, su compañero tanto en la vida como en su profesión.
Astegiano completó su formación participando en vendimias en Francia, Australia y Estados Unidos, experiencias que le revelaron que el vino es un lenguaje universal con matices propios en cada región.
«Fue en Australia donde tuve mi primer contacto con el mundo de los vinos blancos, trabajando junto a Tom Carson, uno de los enólogos más reconocidos y aclamados a nivel internacional, que fue nombrado Enólogo Internacional del Año en 2004».
Vinos de Sins: un proyecto con alma
En 2008, ella y su marido fundaron Wines of Sins en Argentina, inspirándose en los pecados capitales. Empezaron con 2.000 botellas de Canarí y ahora producen 25.000 botellas al año. La marca se convirtió en un laboratorio creativo en el que exploraron estilos y narrativas.
Su actividad se ha extendido a México, donde prestan asesoramiento en proyectos en San Luis Potosí, Hidalgo, Querétaro, Guanajuato, Aguascalientes, Chihuahua, Ensenada y Jalisco. Cada bodega supone un reto diferente y un sueño compartido.
Astegiano ha asesorado a bodegas como Casa de Quesada, La Escondida, Cerca Blanca, Tierra de Luz, Potrero 49, Puente Josefa, Cordelia, Piscis, El Refugio, Tecate y Silvestre; en Querétaro, ha asesorado a 57 bodegas. Su marido dirige el importante proyecto Valle de los Encinos para el grupo Bafar; y en Ensenada, colaboran con 12 Piedras.
Cada nombre representa un sueño, una historia y un reto concreto; cada proyecto forma parte de un mapa que refleja su compromiso con el vino mexicano.
México: Pertenencia y transformación
El gran salto se produjo en 2019, cuando decidieron mudarse a México tras el éxito de su marido en Cava Quintanilla, en San Luis Potosí, un logro que supuso que la producción de la bodega pasara de 10 000 a 400 000 botellas en tan solo unos años.
La inquietud de Astegiano la llevó a buscar la independencia profesional, empezando por «Piscis», un chardonnay cuya producción actual asciende a 12 000 litros.
En 2021, junto con Viviana Parra y Joana Vallejo, fundó la asociación Mujeres Intaninos (MIT), que pasó de ser un grupo de WhatsApp a convertirse en una red de más de 250 mujeres del sector vinícola: un espacio de solidaridad femenina y apoyo profesional.
Filosofía del vino
Astegiano sostiene que México no debería imitar las tradiciones extranjeras, sino forjarse su propia identidad. «Durante años se plantó Tempranillo porque era la opción más conocida, pero a menudo no prospera aquí. México debe forjarse su propia identidad enológica. El reto consiste en escuchar a la tierra y dejar que ella nos muestre qué variedades pueden destacar aquí».
El auténtico lujo
Para ella, el vino no es ni un símbolo de estatus ni un discurso técnico: es un puente entre las personas. «Una copa de vino debería acercarte a los demás, no hacerte sentir inferior por no saber pronunciar el nombre de una región francesa».
En cuanto a los sumilleres, Astegiano señala que son comunicadores indispensables, que tienden puentes entre quienes producen el vino y quienes lo beben. El problema surge cuando la atención se desvía del vino hacia la persona que lo explica. «El vino nunca debe alimentar los egos», afirma, instando a volver a lo esencial.
Destaca que detrás de cada botella hay agricultores, podadores, conductores de tractores, técnicos de laboratorio y enólogos, cuyas historias rara vez aparecen en la etiqueta. «El vino nace mucho antes de llegar a la copa; nace en la tierra».
La paciencia de la uva
Más allá de las medallas o las puntuaciones, lo que la motiva es la capacidad de transformación de la uva. «Al principio, parece imposible conseguir un buen resultado; sin embargo, con paciencia, tiempo y esfuerzo, el vino acaba encontrando su equilibrio».
Lo dice con la serenidad de quien ha visto crecer los viñedos y sabe que ninguna vendimia puede acelerarse a fuerza de voluntad. Hay cosas que solo el tiempo puede conceder, y el vino, al igual que la vida, siempre pertenece a quienes saben esperar.
Con serenidad, afirma: «La uva te enseña que las cosas pueden mejorar; probablemente sea la bebida más noble que existe».
La mujer que aprendió a escuchar a la vid
Hay una sutil diferencia entre elaborar vino y construir una cultura del vino. Lo primero se aprende mediante la técnica; lo segundo requiere paciencia. Astegiano está convencido de que México está viviendo precisamente ese momento: el momento de sembrar una tradición que aún está escribiendo sus primeras páginas.
Por eso, cuando habla de su equipo, no menciona cifras de producción ni hectáreas plantadas. Habla de personas.
Al principio, muchos de sus trabajadores nunca habían visto cómo se llevaba a cabo la fermentación; con el tiempo, empezaron a observar, a hacer preguntas, a utilizar todos sus sentidos y, finalmente, comprendieron todo el proceso.
Detrás de esta evolución se esconde una filosofía que se reitera constantemente: nadie elabora vino por sí solo —lo que confirma lo que aprendió desde muy joven—; el viñedo siempre se comunica con quienes saben escuchar.
Entre dos países, una pasión
En Argentina, el vino forma parte de la vida cotidiana. En México, en cambio, todavía se percibe como una bebida reservada para ocasiones especiales. Ella sueña con un país en el que el vino deje de resultar intimidante y se empiece a disfrutar como un acompañante.
Para Astegiano, si bien es cierto que México es un país joven, también lo es que avanza a un ritmo de aprendizaje que pocas regiones han experimentado. Ve a productores dispuestos a asumir riesgos, a consumidores cada vez más abiertos de mente y a nuevas generaciones que ya no se preguntan si México puede elaborar buenos vinos, sino más bien qué estilo quiere desarrollar.
El vino cobra sentido cuando se comparte
En el mundo del vino, las medallas, el precio y la reputación del productor se valoran mucho; pero Astegiano está convencido de que el mejor vino nunca será el más caro, el más famoso ni el que más premios haya ganado, sino aquel que une a las personas.
Su conclusión es tan poética como crítica: «El vino, por sí solo, sabe a soledad y tristeza». Afirma que quizá esa sea la verdadera labor de un enólogo: no elaborar grandes vinos, sino crear la excusa perfecta para que alguien se quede un rato más en la mesa.
«Porque, al fin y al cabo, el vino no se mide en copas ni en premios, sino en los recuerdos que deja en quienes lo comparten».
