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Por Alfredo Espinola
En San Juanito, Querétaro, el vino no sólo se bebe, se escucha, se pisa y se honra como una historia contada sorbo a sorbo. Ubicada en un paisaje desafiante con suelos arcillosos expansivos, lluvias impredecibles y heladas intempestivas, Bodega San Juanito, un viñedo de 15 hectáreas, ha logrado lo que muchos expertos consideraban imposible: producir vinos de clase mundial con el alma de una familia y el sello de un territorio que desafió las reglas.
"Empezó como un rancho para descansar los fines de semana y se convirtió en un proyecto de vida", recuerda Antonio Treviño, enólogo y cofundador de Bodega San Juanito. La historia comienza con un impulso instintivo, casi terco: plantar viñas en un lugar donde los enólogos decían que no se podía. "Nos hablaban de mil obstáculos: clima, suelo, enfermedades. Pero algo dentro de nosotros nos decía que teníamos que intentarlo".
Hoy, cuando se habla con Toño, como todo el mundo le conoce, no se escuchan tecnicismos, sino emociones, una voz que se quiebra ligeramente cuando recuerda aquella primera vendimia de 2013, hecha a mano con la ayuda de su familia en la terraza de una casa, sin bombas ni prensas profesionales. "Fue como volver a los orígenes del vino, en cubos, formando una cadena humana, despalillando con una máquina prestada, y al final, ese vino ganó medallas en Europa. Nadie se lo podía creer".
Una historia familiar con aroma a barrica de roble
La historia de San Juanito no puede contarse sin mencionar a Silvia Martínez y Antonio Treviño (padre). Fue Silvia quien se enamoró del paisaje de Peña de Bernal y dio el primer "sí" a lo que sería el principio de todo. "Ella fue el corazón emocional del proyecto", dice Toño. Su padre, ingeniero de profesión, acabó cargando barriles con él, entre risas y ampollas. "No teníamos carretilla elevadora, bajábamos el equipo con cuerdas y maderas, era puro ingenio y mucho corazón".
Ese trabajo familiar es lo que da a San Juanito su personalidad única. Cada planta es conocida por su carácter, cada cosecha tiene su propio nombre. "No compramos uva de fuera, todo lo que hacemos lo hemos cultivado aquí, con nuestras propias manos", explica Toño.
Viticultura extrema: orgullo y resistencia
La zona donde crece San Juanito está fuera de los "márgenes del vino"; técnicamente, no debería funcionar. Pero el vino mexicano está reescribiendo las reglas, y Querétaro se está haciendo un nombre como región de viticultura extrema.
"Estamos tan al sur del hemisferio norte que sin la altitud no habría viñedos", explica Toño. Esta combinación de condiciones complejas y cuidados meticulosos ha forjado una identidad vinícola que no se basa en la comodidad, sino en el carácter. "Lo que crece aquí lo hace porque se cuida como a un hijo. Cada planta es un compromiso diario".
Una experiencia de hospitalidad con los pies en la tierra
Los visitantes de San Juanito no encontrarán florituras arquitectónicas ni chefs famosos, sino sombra bajo mezquites, vino servido en terrazas campestres y visitas guiadas por la familia que lo ideó. "Antes no venía nadie; ahora recibimos a mil personas al mes. No somos grandes, pero lo hacemos con honradez", dice Toño.
Aquí, eliminar el esnobismo del vino es casi una misión vital. "No hace falta saber nada de taninos para disfrutarlo. Sólo trae tus ganas de probar y déjate llevar".
La cosecha que se quedó en la botella
En 2015, una invasión de abejas arruinó la tercera cosecha. Las uvas se vendimiaron antes de tiempo y el vino resultante no era apto para la venta. "Decidimos no comercializarlo; preferimos perderlo todo antes que traicionar lo que representa San Juanito". Hoy, esas botellas descansan en silencio, a veces usadas para experimentos y otras para recordarnos por qué hacemos lo que hacemos.
El sabor de la emoción
Cuando le pido que elija un vino que represente una emoción en una botella, Toño no duda: "Cualquiera de la primera cosecha. Lo hicimos todo a ciegas, fue dedicación, agotamiento, nervios, orgullo y luego medallas. Fue como oír a tu hijo decir su primera palabra".
Una región que florece contra viento y marea
Querétaro fue una de las primeras regiones vinícolas del Nuevo Mundo. Lo que ahora se reconoce como innovación es, en realidad, una vuelta a sus orígenes. Y en ese renacimiento, proyectos como San Juanito están abriendo camino.
"Querétaro está viviendo su momento. No somos muchos, pero estamos dejando huella. Cada vez hay más restaurantes que apuestan por los productos locales, y eso lo cambia todo."
Reflexión en voz baja, con un vaso en la mano
San Juanito no es una marca, es una promesa cumplida, una historia pisada como uva madura y embotellada con respeto. Cada visita, cada copa, cada conversación en su terraza forma parte de ese legado.
Como dice Toño, " el vino que más merece la pena no es el más caro ni el más complejo, es el que, cuando lo pruebas, te hace sentir algo que no sabías que tenías dentro."
Y en San Juanito hay mucho dentro; basta con abrir una botella para empezar a evocar recuerdos.
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