María de Lourdes Martínez Ojeda
Por Alfredo Espinola
Hay quien se adentra en el mundo del vino por motivos académicos o por una cuestión de estatus, mientras que otros ya forman parte de él por puro instinto, aunque aún no dispongan de los conocimientos técnicos para explicarlo. En el caso de María de Lourdes Martínez Ojeda, el vino no apareció primero en una copa, sino en la memoria de su familia, que abarca recuerdos de aquellos domingos en el rancho, las interminables conversaciones después de la cena, el aroma de la tierra húmeda y los litros de vino que su abuelo llenaba en Ensenada, como si continuara un ritual heredado.
Antes de convertirse en una de las voces más importantes de la enología mexicana, Lulú Martínez era una joven profundamente arraigada a la tierra. Originaria de Ensenada y orgullosa de sus raíces, desde muy pequeña fue consciente de que pertenecía a una familia que había contribuido a la fundación de la ciudad y que estaba marcada por una tradición agrícola que se remontaba a varias generaciones. Su bisabuela había plantado viñedos en San Vicente hacía más de 90 años; en aquella época no elaboraban vino, pero cultivaban uvas para Bodegas de Santo Tomás. También cultivaban tomates, cebollas, chiles y sandías. El vino era simplemente parte de una vida profundamente ligada al campo.
Para Lulú, el vino nunca ha sido solo una cuestión técnica; y mucho menos un lujo, como ella misma nos explica: «El vino es convivencia, es alimento, es una forma de sentarse a la mesa y reconocerse en los demás». Recuerda que «vi que el vino siempre estaba ligado a esos momentos de comunión, a los abrazos, a la comida, a las celebraciones familiares».
A los 18 años, viajó a Francia con la intención de estudiar Derecho Internacional. Quería ser embajadora; sin embargo, el destino —o quizá la intuición— acabó llevándola por un camino diferente. En Burdeos, descubrió la Escuela de Enología y se dio cuenta de que podía representar a su país desde una perspectiva diferente: a través del vino.
Estudió viticultura y enología en Blanquefort, después agronomía en Burdeos y, finalmente, se especializó en la Facultad de Enología de esa misma ciudad. Su carrera avanzó rápidamente en algunos de los proyectos más importantes de Francia: trabajó en Château Smith Haut Lafitte y, más tarde, en Château Brane-Cantenac, donde permaneció durante casi una década junto a Henri Lurton.
Mientras Francia le ofrecía estructura, tradición y prestigio, México seguía latiendo en silencio en su interior.
Fue el propio Lurton quien, fascinado por el potencial del Valle de Guadalupe y del viñedo familiar de Lulú, decidió apostar por Baja California. En 2015, ella regresó a México tras dieciséis años en el extranjero para fundar Bodegas Henri Lurton.
Y algo cambió para siempre.
Lulú recuerda una de esas primeras vendimias como un momento decisivo. Era medianoche; la despalilladora se había averiado y había toneladas de uva esperando. Entonces apareció un vecino al que no conocía: Ray Magnussen. Les prestó una máquina nueva que acababa de comprar, sin pedir nada a cambio.
«En Francia, eso nunca me habría pasado», confiesa.
Aquella noche comprendió algo esencial sobre México: la colaboración como un acto natural, casi instintivo. Esa capacidad tan típicamente mexicana de ayudar antes de preguntar.
«Ese día decidí que no quería volver a Francia», dice Lulú.
Desde entonces, su filosofía ha sido clara: el vino mexicano solo puede crecer si lo hacemos juntos.
Por eso habla del Valle de Guadalupe como una comunidad y no como una competencia. Un territorio joven en el que aún existe la posibilidad de construir una identidad juntos.
En 2017 comenzó otra etapa importante: su trabajo como asesora enológica para Bruma, un proyecto al que acabó incorporándose a tiempo completo como socia y directora. Y en 2025, la historia cerró el círculo de una forma casi poética: pasó a ser enóloga asesora de Bodegas de Santo Tomás, precisamente la bodega vinculada históricamente a su familia por ambas ramas de su árbol genealógico.
«Ya ni siquiera sé si fue algo que elegí o si la vida simplemente me llevó hasta allí», dice con nostalgia.
Pero si hay algo que define a Lulú Martínez, es precisamente esa mezcla de intuición y destino. Ella habla constantemente de escuchar la tierra, el viñedo y su intuición.
Afirma que todos los enólogos salen de la universidad con los mismos conocimientos técnicos, pero no todos desarrollan la misma sensibilidad. Y, para ella, ahí es donde reside la verdadera diferencia: «La elaboración del vino es mucho más que simples cifras».
Nos cuenta que, cuando pasea por los viñedos, prefiere hacerlo sola. Necesita silencio. Observa el follaje, la energía del campo, los pájaros, la humedad, el equilibrio de la planta. Pero, sobre todo, observa lo que no se puede medir: la emoción, la tensión y la elegancia.
Lulú busca vinos que acompañen, no que se impongan. Vinos con profundidad, pero también con sutileza. Vinos que tengan un hilo conductor emocional.
Esa misma sensibilidad también la ha llevado a cuestionar ciertos discursos elitistas en torno al vino; riendo, nos dice: «No hace falta ser un intelectual para disfrutar del vino; a veces nos tomamos a nosotros mismos demasiado en serio». Y luego acaba con cualquier atisbo de solemnidad con una idea sencilla pero contundente: el vino es un alimento.
No hace falta que te aprendas de memoria las variedades de uva ni que hables de taninos para disfrutarlo. Solo tienes que sentarte a la mesa, compartir una botella y ver cómo te sienta. Si el vino te invita a tomar otra copa, si acompaña bien la conversación y te abre el apetito, entonces es un acierto. Así de sencillo.
Quizás por eso, cuando habla del futuro del vino mexicano, no se centra en el prestigio internacional ni en las medallas. Se centra en el campo, el terruño y la agricultura.
Porque si hay algo de lo que está segura es de que en México se sabe trabajar la tierra. «No contamos con siglos de tradición vitivinícola europea, pero sí sabemos cultivar. Y el vino nace de ahí».
Le entusiasma ver nuevas plantaciones, mejores prácticas agrícolas y viñedos más adaptados a su clima y a su identidad. Sueña con volver a un enfoque más integral de la finca: ganadería, quesos, huertos y aceite de oliva. Un ecosistema completo en el que el vino vuelva a formar parte de un modo de vida agrícola y no sea simplemente un producto de lujo.
Además, habla con franqueza sobre lo que supone ser mujer en un sector históricamente dominado por los hombres. Durante años creyó que el problema se había resuelto, pero últimamente ha percibido cierta resistencia.
«A nadie le molestaba cuando solo había una mujer. Pero cuando empezaron a ser muchas, empezó el malestar».
Sin embargo, lejos de adoptar una postura conflictiva, Lulú aboga por algo diferente: el liderazgo a través de la colaboración. «No estamos aquí para pelear. Estamos aquí para construir».
Quizás esa perspectiva se deba precisamente a su forma de entender el vino: como un espacio para la conexión, no para la imposición.
Cuando le preguntan qué tipo de vino sería ella, sonríe y se queda pensativa unos segundos, para finalmente responder: «Sería un champán añejo, con cierta madurez, cierta profundidad; pero también con frescura y ligereza».
La descripción parece dar en el clavo, porque hay algo profundamente luminoso en la forma en que aborda su oficio: una mezcla de experiencia, sensibilidad y alegría serena.
Quizás la escena que mejor resume quién es Lulú Martínez no tiene lugar entre barricas ni durante la vendimia, sino en una mesa imaginaria: tres sillas, tres copas y, sentados frente a ella, sus bisabuelos. Allí, el vino deja de ser una industria para convertirse en un legado.
Antes del reconocimiento vinieron el desierto, las caravanas, las noches en una tienda de campaña y una familia que lo apostó todo por una tierra desierta. Por eso, cuando piensa en ellos, Lulú no habla primero de éxito, sino de gratitud.
«Les daría las gracias por el legado, porque no era solo para ellos, sino para las generaciones que vendrán después», explica con nostalgia.
Para ella, el viñedo nunca ha sido solo agricultura: es memoria viva. Una conversación silenciosa entre quienes lo plantaron en el pasado y quienes siguen cuidando la tierra hoy en día.
El vino que compartiría con sus antepasados no sería el más prestigioso, sino un sauvignon. Justo el que la trajo de vuelta a México. El que se abría los domingos en casa de su madre para acompañar las comidas familiares: «No es pretencioso. Es un vino que une a la gente».
Y quizá esa sea la verdadera filosofía de Lulú Martínez: comprender que las botellas más importantes no siempre son las más complejas, sino aquellas capaces de reunir a una familia alrededor de una mesa.
Porque, al fin y al cabo, cuando Lulú habla de vino, en realidad está hablando de la familia, del tiempo y de aquellos que sembraron antes para que otros pudieran seguir adelante.
Hoy, mientras planta nuevos viñedos, experimenta con vermús y transmite a sus hijos su amor por la tierra, Lulú Martínez comprende que el verdadero legado no reside únicamente en las botellas. Reside en esa intuición silenciosa que, generación tras generación, sigue marcando el camino de vuelta a casa.