Interior de Chi-Latin
Por Natalia Otero
En West Town, Chicago, hay un local que, en noviembre de 2023, nació no sólo como restaurante, sino como manifiesto cultural. Es uno de los restaurantes reconocidos como los mejores de la ciudad. Un homenaje a las raíces latinas, a la mezcla de mundos que definen la ciudad y al sueño de un hombre que pasó 30 años preparándose para abrir sus puertas. Ese lugar es Chi Latin, creado y liderado por Freddy Orellana, que ahora atraviesa el capítulo más difícil de su carrera: aparcar un proyecto que le nació del alma.
Desde el principio, su intención fue clara: crear un espacio que reflejara la realidad de la comunidad latina de Chicago, una comunidad híbrida y vibrante en la que conviven influencias mexicanas, caribeñas, sudamericanas y estadounidenses. Orellana lo dice con orgullo: "Chi viene de Chicago, y Latin representa la mezcla de culturas que viven aquí cada día".
"Soy el propietario original de este lugar, como se suele decir, desde los cimientos hasta el tejado", explica. "Es un proyecto en el que llevo trabajando mucho tiempo. Llevo 30 años en el sector de la hostelería, trabajando con chefs de renombre como Charlie Trotter y el chef personal de Bill Clinton, Keith Luce, y aprendiendo un poco de todos."
Su cocina, por tanto, es una celebración de la fusión cultural: Pescado caribeño con ají peruano y arroz con coco, carne a la parrilla acompañada de chimichurri sudamericano y salsa roja mexicana. Un menú que no pretende ser fusión por moda, sino reflejo del barrio y la ciudad.
La comunidad le acogió desde el primer día. Pero la ciudad que le acogió también empezó a cambiar, y a un ritmo que ninguna pequeña empresa podía prever.
La tormenta económica
Como muchos restauradores de Chicago, Orellana ha tenido que navegar por una realidad económica que se ha vuelto impredecible. El aumento de los impuestos, la subida de los alquileres comerciales, las elevadas tarifas de los servicios públicos y los proveedores, y el incremento general del coste de los suministros han afectado a su negocio más rápido de lo que podía absorber cualquier plan financiero.
A esto se añade algo más difícil de medir pero evidente para cualquiera que camine por las calles: menos movimiento, menos consumo, menos gente fuera. Todo ello debido a dos razones: el miedo de la gente a salir por temor a ser fichados por agentes del ICE, y la dificultad general de la población para permitirse lujos como salir a cenar a un restaurante.
"A veces sólo tenemos dos o tres mesas llenas, ya no hay gente paseando o charlando en un bar", reconoce. "Lo he visto incluso en restaurantes que antes se llenaban con 400 personas y hoy tienen 60 u 80".
Para combatir el problema, redujo plantilla, acortó horarios y recortó gastos. Pero, como él mismo concluye, "cuando el negocio deja de ser rentable, deja de ser rentable".
Por desgracia, las cosas cambiaron con la nueva administración. "Detalles como el proceso de pago con tarjeta, la carne, las verduras, el papel higiénico, las toallas, todo eso ha subido de precio", dice. "Incluso los proveedores de servicios: las empresas que me alquilan el lavavajillas, o que me rellenan el jabón para el baño, todo eso ha subido".
La decisión que duele, pero es sabia
Después de luchar con la situación durante seis meses, Orellana y su hija y socia, Marilyn Orellana, por fin lo entendieron: tenían que cerrar.
Cerrar Chi-Latin, al menos por ahora, no es una rendición. Es un acto de responsabilidad y claridad. El sector de la restauración siempre exige agallas, pero también saber cuándo parar para no destruir lo que se ha construido.
Además, las cifras lo confirmaron. "De marzo a junio caímos un 18%, de junio a septiembre un 40% y de septiembre a noviembre un 78,5%. Un beneficio del 22% no vale la pena".
El arrendamiento también se hizo insostenible, ya que el coste se duplicaría con la reciente subida del impuesto de bienes inmuebles. A ello se sumaba el hecho de que tendrían que comprometerse a un arrendamiento de cinco años. En ese caso, y si la economía seguía como estaba, les resultaría inasequible continuar, pues ya habían tenido que recurrir a préstamos y ahorros.
A ello se sumaron señales de que sabía leer, como la pérdida de cuatro de sus cocineros: dos por enfermedad y traslado a otra ciudad, y otros por cuestiones de inmigración.
"Cuando eres testarudo, no te das cuenta, pero cuando pasan más de dos o tres cosas, es porque algo está pasando. Así que hay que tomar decisiones y saber que cuando se cierra una puerta, se abre otra. Y el cambio siempre es bueno", dice Orellana, con la templanza de un sabio que prevé antes que lamenta.
La última cena (por ahora)
Su decisión final, aunque dolorosa, está llena de visión: tomarse un tiempo para replantearse el proyecto. Su sueño es ahora más grande y sólido: comprar una propiedad donde pueda operar sin depender de alquileres volátiles y construir además un pequeño centro de eventos. Un concepto integral con restaurante, patio y espacio para recepciones. Un sueño que requiere tiempo, estrategia y un respiro financiero.
"No hay que tener miedo a tomar decisiones. Todo en la vida es una experiencia de aprendizaje. Siempre digo: 'Un lápiz pequeño es más grande que la mente más sabia, así que escribe tus ideas antes de que se te escapen'".
Antes de cerrar temporalmente, Chi Latin organizará una cena de despedida con sus clientes más cercanos para celebrar, homenajear y agradecer la trayectoria. "Haremos algo el viernes 19 y el sábado 22 de diciembre para despedirnos con unos chupitos de tequila", dice con esa mezcla de humor y nostalgia tan característica de los restauradores latinos.
Y aunque las puertas se cierran, la historia no acaba aquí.
"Nada dura para siempre, no pierdas la fe, valórate siempre y dale un empujón a tus sueños cuando llegue el momento", dice Orellana.