Por Natalia Otero
En el mundo de la gastronomía, hay ingredientes que a menudo pasan desapercibidos, pero que son esenciales para la experiencia gastronómica en su conjunto. El agua mineral es uno de ellos. Y en un momento en el que muchas marcas compiten por hacerse con un lugar en la mesa —especialmente en la cocina mexicana—, hay una que está empezando a destacar no solo por su disponibilidad, sino también por su carácter: Mineragua.
Para el chef Armando Hernández, esta decisión no es ni una moda pasajera ni una respuesta a la reciente escasez de Topo Chico. Es algo mucho más personal.
«Personalmente, siempre he preferido el Mineragua porque las burbujas son más intensas; para mí, nunca ha habido rival», afirma Hernández.
¿Cuáles son las razones del éxito de Mineragua? Esta agua ha ganado recientemente un concurso nacional de «cata» organizado por Serious Eats; sus burbujas son finas y compactas, lo que le confiere un sabor fresco que combina a la perfección con la comida mexicana y los cócteles; y se puede encontrar fácilmente en cualquier sitio.
Una preferencia que viene de casa
Antes de convertirse en restaurador, Hernández ya conocía Mineragua desde otro lugar: su memoria.
«En Chihuahua, mi abuela tenía una tiendecita donde vendían Mineragua. A mi abuelo le gustaba mucho el agua mineral con limón y sal. De niño, a mí me parecía muy fuerte, pero al crecer le fui cogiendo el gusto».
Esa imagen —sencilla y cotidiana— es la que sigue presente hoy en día en sus restaurantes: Cocina Chiwas, Tacos Chiwas y Espíritu & Aruma Café, en Tempe, Arizona. Se trata de conceptos diferentes, pero unidos por una misma filosofía: honrar la tradición y adaptarla al presente.
La ciencia (y el placer) de la burbuja
Para Hernández, la elección del agua con gas que se va a servir depende, ante todo, de su textura.
«Me gusta que las burbujas sean más intensas», dice.
Esa intensidad no es solo sensorial. Es funcional. En bebidas como el clásico vodka con soda o en variantes más creativas, las burbujas definen la experiencia: cómo se perciben los sabores, cómo se mantiene la frescura y cómo se armonizan todos los elementos.
«No utilizamos máquinas expendedoras de refrescos; todo se sirve en botellas de Mineragua».
Ese detalle técnico es fundamental. En lugar de utilizar sistemas dispensadores, el uso directo de la botella garantiza la uniformidad en cada ración.
Mineragua no es un agua mineral procedente de un manantial, sino que se elabora añadiendo dióxido de carbono y minerales al agua purificada. Por eso las burbujas son pequeñas: su tamaño se puede controlar con gran precisión durante la producción. Y el hecho de que Mineragua se produzca en una planta de fabricación en lugar de proceder de un manantial también significa que la disponibilidad nunca es un problema.
Sí, el agua de manantial de origen natural tiene cierto aire romántico, pero para un barman que prepara cócteles, la consistencia de Mineragua suele pesar más que la falta de una historia interesante detrás.
De los refrescos a los cócteles: versatilidad en la barra
En la visión de Hernández, el mineragua desempeña un papel activo en la mixología.
«Contamos con un equipo de bármanes que crean diferentes cócteles y los van perfeccionando», afirma. «En el evento que celebramos la semana pasada, dedicado a Mineragua, pusimos música y servimos un cóctel elaborado con Mineragua, mango, vodka y limoncillo, y otro con Mineragua con sabor a mandarina y ron».
Esa libertad creativa es posible gracias a una característica concreta: Mineragua ofrece ahora sabores como mandarina, guayaba y mango, lo que abre nuevas posibilidades.
Mineragua está en consonancia con la identidad de los restaurantes de Hernández. Su cocina se basa en ingredientes concretos —chiles del Valle de Chihuahua, harina de Utah, productos locales de Arizona— y en una narrativa clara: conectar el origen con el territorio.
Mineragua encaja en esa lógica: un producto mexicano con una fuerte presencia en Estados Unidos, que tiende un puente entre ambos mundos.

