Por Alfredo Espinola
La Rosca de Reyes es un delicioso pastel con forma de corona que los mexicanos y españoles disfrutan cada mes de enero, concretamente el día 6. Ocupa un lugar destacado en muchas mesas y recuerda a la gente el valor de compartir.
Para el chef Roberto Alcocer, que dirige Malva en Valle de Guadalupe, México, y Valle, restaurante con estrella Michelin en Oceanside, California, la continua popularidad de la Rosca de Reyes se explica por la profunda relación de México con el pan y las celebraciones culinarias.
«Al contrario de lo que piensan muchos chefs extranjeros, el pan es una tradición muy arraigada en México. Tenemos prácticamente un pan para cada celebración, y por eso la rosca sigue siendo tan popular. Para mí, cortar la rosca representa el final de las fiestas de diciembre: Navidad, Año Nuevo, es el final de ese periodo festivo, aunque ya estemos en enero».
El chef yucateco Misael Canché define la Rosca de Reyes como uno de los eventos gastronómicos más significativos de la cocina mexicana.
«La rosca representa la comida como símbolo, como reunión y como legado. Aunque su origen es europeo, en México fue adoptada y transformada hasta convertirse en algo profundamente nuestro. Su relevancia radica no solo en su sabor, sino en el acto colectivo de partirla y compartirla».
Canché establece un paralelismo con otras tradiciones regionales.
«En Yucatán, el mucbilpollo (un tamal gigante envuelto en hojas de plátano, relleno de masa de maíz, manteca, pollo y cerdo guisados con achiote y especias, que tradicionalmente se cocina bajo tierra en un horno llamado«pib») cumple una función similar; no es un plato individual, sino un acto colectivo. La rosca sigue viva porque no se consume sola, sino que se comparte, se comenta y se celebra».
Las recetas tradicionales predominan
Hay varias variantes del pan de los Reyes Magos, pero Alcocer y Canché se ciñen a la receta clásica. (Haga clic aquí para ver la receta tradicional del restaurante).
«Me ciño a la receta tradicional, tal y como la aprendí en la escuela», afirma Alcocer. «Donde me permito jugar un poco es en la decoración, pero la masa y el pan siguen siendo los mismos de siempre».
Canché también se toma muy en serio la receta tradicional: «Para reinterpretar una tradición, primero hay que entenderla. La cocina contemporánea no debe borrar la tradición, sino entablar un diálogo con ella».
Lo que todas las recetas tienen en común es algo que no tiene nada que ver con la cocina: cada pastel tiene un «muñequito» (una figurita del Niño Jesús) escondido en su interior. Encontrar al pequeño Jesús es muy emocionante, y quien lo encuentra se compromete a cuidarlo y a presentarlo el 2 de febrero, «Día de la Candelaria», cuando los tamales vuelven a reunir a la familia alrededor de la mesa para celebrar.
De ritual pagano a símbolo cristiano
Muchos historiadores coinciden en que sus orígenes se remontan a la antigua Roma. Durante las Saturnales, fiestas dedicadas a Saturno, dios de la agricultura, se elaboraban panes redondos con higos, dátiles y miel, en cuyo interior se escondía una moneda o un duende que representaba el azar y la fortuna. Quien lo encontraba era nombrado «rey» por un día, en un ritual simbólico en el que se invertía el orden social y la celebración prevalecía sobre la jerarquía.
Con la expansión del cristianismo, esta costumbre pagana adquirió un nuevo significado; el reparto del pan se convirtió en una celebración asociada a la Epifanía, la manifestación de Jesús ante los Reyes Magos.
Durante la Edad Media, la tradición se integró en el calendario cristiano. La forma circular de la rosca comenzó a interpretarse como la corona de los Reyes Magos o como símbolo del amor infinito de Dios. Las frutas confitadas evocaban las joyas reales, mientras que la figura oculta del Niño Jesús aludía al pasaje que narra cómo José y María lo escondieron para protegerlo del rey Herodes.
Desde España, la costumbre cruzó el Atlántico durante el virreinato y llegó a México, donde no solo fue adoptada, sino que se transformó en uno de los rituales gastronómicos más queridos del calendario nacional.
«La rosca es una excusa para volver a conectar con personas a las que quizá no hayas visto en Navidad», dice Alcocer. «Es una tradición divertida y entrañable: descubrir quién se queda con la figurita y, con ella, los tamales».