La decoración de Camacho Garage hace honor a su nombre.
Por Natalia Otero
En el animado barrio de Westville, en New Haven, Connecticut, Camacho Garage se ha convertido en un lugar de encuentro donde la sofisticación se mezcla, sin pedir permiso, con la honestidad y la autenticidad de la comida callejera mexicana. El concepto, liderado por el chef Franco Camacho, no nació en una sala de juntas ni como un ejercicio de branding: nació en un garaje real, con el olor de la fibra de vidrio, las tortillas calientes y el eco de una familia trabajando junta.
«Creo que cuando conectas contigo mismo y con tus raíces», recuerda el chef Franco Camacho, «te da mucha fuerza, mucha ambición por demostrarte a ti mismo que has elegido lo correcto, y la nostalgia de representar tus raíces».
Esa es precisamente la esencia de Camacho Garage: no se trata solo de comida mexicana de alta calidad, sino de una historia profundamente personal. Transmitir de generación en generación la idea de que, tanto en el taller mecánico como en el restaurante, los Rolls Royce y los Renault son igualmente bienvenidos; todo el mundo es bienvenido. Bajo esa premisa, también se encuentra la riqueza de combinar la sofisticación de una carrera culinaria profesional con la cocina callejera y casera cotidiana de la infancia.
Las raíces: un garaje, once hermanos y tacos improvisados.
De niño, los fines de semana del chef Camacho no eran para descansar. Su padre trabajaba en un taller especializado en Corvettes de fibra de vidrio, pintándolos y reparándolos. Él y sus hermanos tenían que acompañarlo para poder aprender de su padre.
«Éramos once; era una familia muy grande y, en aquella época, era difícil mantener a todos. La única forma de hacerlo era trabajar en nuestros días libres».
En ese garaje había una pequeña cocina recuperada de una caravana, la famosa Magic Chef, donde su padre preparaba algo de comer antes del partido de fútbol de Franco. «Cuando lo probaba, decía: "¡Este hombre cocina tan bien!". Para mí, tenía que ser la cocina Magic Chef», recuerda con una sonrisa.
Esos tacos improvisados fueron la primera chispa. «Esos recuerdos que creas son los que dejan huella. Al principio me costaba mucho ir a trabajar con él, pero luego me entusiasmaba la idea de ir porque sabía que al final habría comida. Era la única forma en que conectaba con él. Dado que la figura paterna latinoamericana se centra más en proveer, a veces parece que le falta afecto. Pero nos dan tanta alegría y bendiciones, lo mejor que pueden, y solo cuando somos mayores podemos apreciarlo».
Ese vínculo emocional —entre el trabajo duro, la familia y la comida sencilla pero perfecta— es ahora la columna vertebral del restaurante.
Su destino era cocinar, porque desde muy joven veía a su madre y a su abuela preparar la comida en el restaurante que tenían en México. A diferencia del suyo, el restaurante de su madre nació de la necesidad de mantener a la familia. Al mismo tiempo, ella era una excelente cocinera. Él aprendió de ellas, pero su madre siempre insistió en que no siguiera sus pasos y que se dedicara a otra profesión.
Aunque intentó estudiar odontología, pronto descubrió que su camino estaba en otra parte. Cocinó en pequeños restaurantes, viajó a Hawái, trabajó en hoteles de alta cocina e incluso formó parte del equipo culinario del barco de la reina Isabel II, con el que dio cinco vueltas al mundo. «Miré a los chefs y dije: "Aquí es donde pertenezco, esta es mi tribu"».
Más tarde estudió gastronomía y abrió Rumba, un concepto pionero de cocina latinoamericana que se convirtió en un referente en Connecticut. Luego vino Jerónimo, los carritos de burritos alrededor de Yale y el exitoso bar de tacos Tacocuba.
Pero una promesa quedó sin cumplir: rendir homenaje a su padre.
Comida callejera con alma, técnica y memoria.
Cuando surgió la oportunidad de crear un nuevo concepto, alguien le preguntó por qué nunca había puesto su propio apellido a un restaurante. Ese fue el momento en el que todo encajó.
«Pensé que era una buena idea expresarlo y rendir homenaje a mi padre. Les hablé del Camacho Garage».
El concepto debía honrar la historia de su familia, pero también su visión culinaria: comida callejera con una técnica refinada, presentaciones elegantes sin perder autenticidad y un espacio inclusivo en el que todos se sintieran cómodos. El local que encontró no es un garaje real, pero la decoración está inspirada en sus recuerdos.
«En un garaje caben todo tipo de coches, desde un Rolls Royce hasta un Renault. La gente viene aquí por la buena comida, no por el estatus social».
Esa es su filosofía: accesibilidad con excelencia. «La presentación es elegante, pero la idea es que la gente no espere algo así y se vaya contenta porque obtiene más de lo que pensaba. Los sabores son muy auténticos porque siempre me ha fascinado la comida latinoamericana. Quien no haya probado los frijoles negros o los plátanos maduros no ha sentido el amor de Dios».
Cada plato, desde los tacos hasta los aguachiles, pasando por las birrias y los cócteles artesanales, busca capturar la esencia de la comida del barrio, como la que su padre solía prepararle los fines de semana cuando trabajaba, llevándola a un nivel en el que la técnica profesional coexiste con una profunda emoción.
Para el chef, Camacho Garage no es solo un restaurante: es un puente cultural y transgeneracional. Las familias que solían ir a Rumba ahora llevan a sus hijos a Camacho Garage. Sus propias hijas llevan allí a sus amigos del colegio. Y así, la cocina se convierte en una forma de educación cultural, un intercambio vivo.
Quizás lo más fascinante de Camacho Garage es su dualidad: apariencia tosca, alma refinada. Un espacio industrial que alberga platos dignos de la alta cocina. Un espíritu callejero servido con precisión y sensibilidad.

