En cuanto se sienta frente a mí, Camila Ramírez Velázquez se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja. Respira suavemente, como alguien que sabe que lo que está a punto de decir no solo habla de su trabajo, sino también de su vida. Su historia comienza mucho antes de que pudiera siquiera pronunciar la palabra mezcal.
«Bueno... Mezcal Sabrá Dios, originario de Miahuatlán de Porfirio Díaz, Oaxaca, ya llevaba unos años en el mercado», dice con una sonrisa tímida pero segura. «Pero hace un año decidí hacerme cargo de él. Vi que la marca iba por buen camino... solo que se dirigía a un público más adulto. Y yo quería acercarla a los jóvenes».
Lo dice con la misma naturalidad con la que otros hablan de un proyecto escolar. Camila cuenta que decidió hacerse cargo de un mezcal artesanal con historia familiar y espíritu renovado. No lo dice con tono heroico, lo dice como alguien que ha crecido entre plantas de maguey, como alguien que entiende que el mezcal, en su casa, no solo se bebe, sino que se respira, se aprende y se hereda.
Un nombre que abraza la incertidumbre
El nombre Sabrá Dios —«solo Dios lo sabe»— no es fruto de una estrategia de marketing. Forma parte de la vida cotidiana, es una de esas frases que los mexicanos utilizamos cuando no sabemos la respuesta a nada.
«Es esa idea de incertidumbre», explica. «Por eso la etiqueta tiene esa figura que no sabes si es un ángel, un demonio, alguien pensando o bebiendo... Solo Dios lo sabe. Como en la vida, nunca sabes lo que va a pasar. Solo puedes estar en el presente».
Lo dice con la claridad de alguien que ha comprendido, desde muy joven, que el mundo no ofrece garantías y, sin embargo, hay que arriesgarse.
Una productora que mira a su generación
Camila sabe que la industria del mezcal está dominada por una generación mayor.
«Muchos jóvenes no beben mezcal solo porque les resulta demasiado fuerte», afirma. «Por eso empezamos con cócteles, sabores más accesibles y menor graduación alcohólica. También renovamos nuestras redes sociales para dar a la marca un aspecto más juvenil».
La idea nunca fue diluir la esencia del mezcal, sino acercarlo al público. Convertirlo en una puerta de entrada, no en una colisión frontal. A través de cócteles, perfiles aromáticos más accesibles y una comunicación fresca, Camila quiere que los jóvenes se identifiquen con el mezcal mediante un disfrute consciente, entendiendo lo que beben, de dónde proviene y cómo se honra.
Porque promover el consumo responsable también significa educar el paladar y el proceso de toma de decisiones; saber cuándo, cómo y cuánto. El mezcal debe dejar de ser una prueba de resistencia y convertirse en una experiencia cultural, social y sensorial, afirma. Un ritual compartido para disfrutar sin prisas, con respeto por la tradición y por uno mismo.
De esta manera, el mezcal encuentra nuevas voces, nuevos momentos y nuevas generaciones que lo reconocen no por su potencia, sino por su historia, su carácter y la forma en que se disfruta con moderación, con identidad y orgullo.
Un alma joven con la mirada puesta en el futuro del agave
En la escuela, Camila encontró la manera de combinar su formación académica con su responsabilidad como productora.
«Con mi profesor de química, hicimos un tanque para recoger las vinazas y purificarlas», explica. «De esa manera podemos nutrir las plantas de maguey sin productos químicos. También nos encargamos del proceso kosher y de la reducción del humo en el horno».
Es una conversación sorprendente sobre el pH neutro, los suelos ácidos y la sobreexplotación del agave. Pero ella lo hace con la pasión de alguien que sabe que el futuro del mezcal depende tanto de la técnica como del sentido ético de quienes lo producen.
Sueños que caben en una botella
Le pregunto qué sueña ahora que Sabrá Dios está oficialmente en sus manos.
«Que llegue a todos los rincones del mundo», afirma sin dudar. «Incluso a Asia, que siempre es más complicado. Que se convierta en una marca reconocida internacionalmente».
Sus ojos brillan. No con una ambición desmesurada, sino con esa mezcla de esperanza y realidad que solo alguien joven puede mantener sin miedo.
La relación íntima con el mezcal
La última pregunta la toma por sorpresa. ¿Cómo describiría su relación personal con el mezcal?
Camila hace una pausa. Respira. Busca palabras que nunca antes había tenido que nombrar.
«Creo que es una conexión muy fuerte», dice lentamente, «casi nací entre plantas de maguey. Crecí viendo todo este proceso, oliendo el mezcal, escuchando las historias. Y ahora es un proyecto que decidí emprender y con el que sigo adelante. Es parte de mí, de mi vida, de mi historia».
Y entonces sonríe. Una sonrisa brillante y auténtica que solo alguien joven, al frente de una marca artesanal, puede tener; una sonrisa que dice que el futuro, aunque incierto... Dios sabe, tendrá su propio espíritu.
