Por Alfredo Espinola
A veces, cuando Cynthia Belén Robles Ramos habla de Maguey Dorado, su voz se convierte en un suave eco de tres generaciones que han vivido con el aroma del agave cocido. A sus 22 años, con una determinación que parece desafiar su edad, dirige una marca de mezcal artesanal nacida en el corazón del Istmo de Tehuantepec, con la serenidad de quien conoce las profundas raíces de lo que lleva en sus manos.
Maguey Dorado no es solo una empresa, es una extensión de la historia de su familia, que también escriben sus hermanas Monserrat y Daniela. «Ellas están detrás de mí, somos una marca fundada por tres hermanas», dice Cynthia.
Un origen marcado por pájaros negros y agave
El mezcal nació en su familia antes que la marca, en Santo Domingo Zanatepec, el pueblo donde crecieron. Su padre y su abuelo habían estado compartiendo mezcal durante décadas como un gesto de afecto, casi como una bendición personal, un regalo recurrente para amigos y vecinos. Ese simple acto se convirtió sin saberlo en una temprana validación del sabor que ahora representa Maguey Dorado.
Su logotipo lo dice todo: dos sanates alados protegiendo un maguey dibujado en el centro; estas aves simbolizan el pueblo, reflejando un símbolo de origen, pertenencia y respeto. Porque allí, entre el calor del Istmo y el viento que sopla desde la Sierra Sur, nace la esencia del mezcal, que hoy busca conquistar el mundo.
El linaje en la destilación
Cuando Cynthia describe cómo se elabora su mezcal, su mirada y su voz se combinan en una profunda emoción. Comienza hablando de cómo se corta el agave durante la luna llena, «cuando la planta tiene más azúcar». Destaca la tahona tirada por caballos, alaba el olor a madera húmeda de las cubas de fermentación, la destilación en cobre y al maestro mezcalero como único guardián del proceso.
En Santa María Zoquitlán, no solo producen mezcal, sino que también transmiten formas de sentir el tiempo. «Son los únicos que pueden realizar la cata final», explica. «Es un linaje que no se puede romper, y ese linaje insiste en que también debe ser visible para el consumidor. Cuando alguien prueba nuestro mezcal, quiero que sienta esa continuidad. Ese amor que no se puede fabricar».
Cuatro mezcales, cuatro formas de contar la historia de Oaxaca
La colección Maguey Dorado consta de cuatro etiquetas, cada una con su propia personalidad:
· Espadín: el punto de partida, ahumado y noble; ideal para la coctelería.
· Cuishe: verde, fresco, inquieto.
· Tobalá: dulce, elegante, medalla de bronce en Mundo Mezcal.
· Tepeztate: sedoso, sutilmente dulce; para beber con calma, sin prisas.
Son mezcales que no buscan imponerse, sino acompañar.
La lucha silenciosa de una joven en un mundo de hombres
Hubo un momento en el que Cynthia dudó de si estaba en el lugar adecuado. «Me encontré con gente que no esperaba ver a una mujer, y mucho menos a una mujer joven, ofreciendo mezcal», dijo. «Al principio, me sentí intimidada». No lo dice para causar impacto, sino porque así fue.
Pero su fuerza no provenía de discursos ni cursos motivacionales, sino de su propio mezcal. «Cuando lo prueban, la suavidad, la calidad, eso me ha apoyado más que cualquier palabra», enfatizó.
La otra mitad del proceso de aprendizaje fue interno: aprender a hablar con confianza, respetar sus propios conocimientos y confiar en la visión que estaba construyendo.
Entre la tradición y la sostenibilidad
El otro reto, más silencioso pero igualmente urgente, es la sostenibilidad. El auge del mezcal ha traído consigo riesgos: la sobreexplotación del agave, la pérdida de variedades silvestres y la presión sobre el campo.
Cynthia lo sabe, lo afronta y, aunque reconoce que aún están en proceso de estructurar su programa de reforestación, ya están trabajando con los maestros para garantizar prácticas responsables, especialmente con variedades como el cuishe, el tobalá y el tepeztate.
«No podemos perder de vista el hecho de que la materia prima es lo más valioso que tenemos», subrayó.
Un mapa que está empezando a expandirse
Hoy, Maguey Dorado ya está presente en Puebla y pronto abrirá mercados en Cancún y Ciudad de México. «Esto es solo el comienzo. El objetivo a medio plazo es estar en Monterrey, Querétaro y los principales centros de consumo del país, y pronto se exportará a Europa y Estados Unidos», afirma, orgullosa de sus raíces oaxaqueñas.
Cynthia hoy y hace cinco años
Cuando se le pregunta qué le diría a la adolescente que inició este sueño, Cynthia hace una pequeña pausa, como si buscara en su memoria algún consejo maternal.
«Le diría que con perseverancia, esfuerzo y mucho amor por lo que haces, todo es posible».
Unos minutos más tarde, vuelve a detenerse ante otra pregunta: una escena en el futuro, ella, sus hermanas, una mesa en el Istmo, una marca consolidada. ¿Qué les dirías?
El joven empresario respira hondo, se acomoda y responde con luminosa franqueza:
«Les diría que nunca imaginé que esto fuera posible, pero que lo logramos juntos. Que el Maguey Dorado es parte de nuestro patrimonio y que debemos seguir cuidándolo juntos».
Cynthia recorre esa delgada línea con una madurez inesperada para su edad. Habla del mezcal como si fuera otro miembro de su familia, y tal vez lo sea. Porque cada botella lleva su firma, pero también la de sus hermanas y predecesores.
Y así, con la luna llena y manos jóvenes, el mezcal continúa su camino. Gota a gota, Maguey Dorado nos recuerda que todo lo verdadero nace lentamente: de la tierra, del linaje y del coraje de aquellos que se atreven a escuchar sus orígenes.
Porque al final, el mezcal, como la vida, sabe mejor cuando honra sus orígenes y el camino que quiere seguir.
