Por Alfredo Espinola
En un rincón de Oaxaca, una familia ha convertido el arte del mezcal en un legado que abarca generaciones. Entre la tierra, el agua y el espíritu, Cristina Flores y el maestro mezcalero Lázaro Cárdenas mantienen viva la esencia de Kuxtal, palabra maya que significa "VIDA".
En Oaxaca, la tierra respira con el pulso de las plantas de maguey, entre montañas y caminos polvorientos, en la región de Miahuatlán, donde el sol madura las hojas que darán origen a uno de los destilados más antiguos y sagrados de México, el mezcal. Allí, donde la tradición se mezcla con la herencia y la fe, nace Kuxtal, un proyecto familiar cuyo nombre lleva implícita una promesa ancestral: la vida.
Cristina, una mujer joven de voz tranquila pero firme, no se define como empresaria, sino como guardiana de una historia. "Para mí, Kuxtal no es una empresa, es un proyecto familiar que empezó con mi bisabuela", dice. "Ella fue la que dijo: 'Vamos a empezar con esto del mezcal'". Desde entonces, la vida se ha ido destilando de generación en generación.
El tío de Cristina, el maestro Lázaro, lleva más de dos décadas perfeccionando este oficio, que se transmite en su familia como un secreto del alma. Su voz transmite tanto la certeza de su oficio como la humildad de un artesano: "El mezcal implica trabajo, sudor y esfuerzo. Cada botella guarda respeto por la tierra y el agua. Si la materia prima no es buena, no hay buen mezcal".
Un legado en destilación
Kuxtal surgió de una historia tejida por mujeres y hombres que entendieron el mezcal no como una bebida, sino como un destino. Cuando Cristina trajo el proyecto a Ciudad de México, lo hizo con el objetivo de dar a conocer al mundo el sabor de su linaje. "Queríamos que la gente disfrutara de este mezcal generacional, familiar, que conociera su historia y su corazón", explica.
Ese corazón no es una metáfora. En el centro del logotipo de Kuxtal hay un corazón de agave, símbolo de renacimiento. Cristina lo diseñó inspirándose en su propia experiencia vital. "Kuxtal significa vida, y para mí representa la vida de un corazón que volvió a latir. Es la historia de mi familia".
El maestro Lázaro, con sus conocimientos empíricos y su intuición de alquimista, ha llevado el proceso artesanal a una precisión casi científica. "Antes utilizábamos agua del pozo, pero descubrimos que sus minerales podían alterar la fermentación. Ahora purificamos el agua para que el mezcal sea más noble, mezclando tecnología con artesanía", explica.
Su filosofía es clara: respetar el origen sin renunciar a la evolución. "El mezcal tiene que avanzar sin perder su pureza. Si no avanzamos, nos quedamos estancados. Hay que cuidar la esencia del maguey, pero también entender lo que demanda el mercado actual."
El alma del maguey
En Kuxtal, nada se improvisa; cada planta tiene su tiempo, cada horno su fuego. "El espadín, por ejemplo, se puede hornear una semana; el tepeztate necesita nueve o diez días", dice Lázaro. "Cada maguey es diferente, como una persona. Aunque crezcan en la misma tierra, no hay dos iguales".
Estas diferencias dan lugar a las 18 variedades de mezcal que produce la familia: espadín, tóbala tepeztate, coyote, jabalí, selva negra, entre otras. Todas se destilan con un mismo principio: el respeto a la tierra, al agua y a quienes la trabajan. "Pagamos a los productores lo que vale su maguey", explica Lázaro. "No se trata de regatear, sino de reconocer los años de vida que hay detrás de cada planta".
Esta relación de respeto con la comunidad forma parte del núcleo de Kuxtal. Para ellos, el mezcal no sólo se hace en el palenque, se teje en las manos de quienes cortan el maguey en las montañas, en las lluvias que alimentan la tierra y en la memoria de quienes ya no están con nosotros.
Entre la tradición y el futuro
El mundo del mezcal vive una expansión sin precedentes. Cada mes surgen nuevas marcas, muchas impulsadas más por la estética que por la tradición, algo que Lázaro observa con una mezcla de esperanza y preocupación. "Hoy se hacen mezcales para vender una imagen, pero el verdadero mezcal no se hace con prisas ni por moda. Nuestro miedo no es la competencia, es que se acabe el maguey. Sin maguey no hay vida".
Cristina está de acuerdo: "Nos preocupa que llegue el día en que ya no haya agua ni agave natural, que todo se cultive y se pierda el sabor de la tierra. Por eso cuidamos la naturaleza, venimos de ella y en ella está el futuro del mezcal".
Ambos entienden que la tradición no es suficiente si no se mueve el capital, pero tampoco si se traiciona la esencia. "Si el dinero no se mueve, la tradición se estanca, pero si se mueve sin alma, la tradición muere", dice Lázaro. Es en ese equilibrio, entre lo ancestral y lo contemporáneo, donde Kuxtal busca su lugar.
El mezcal como destino
Cuando Cristina recuerda la primera vez que probó el mezcal de su familia, se le iluminan los ojos. "Fue emocionante, no sólo por el sabor, sino porque sentí que estaba bebiendo algo que era mío. Era la vida de mi bisabuela, de mi tío, mi historia".
El maestro Lázaro, por su parte, tiene una relación más espiritual. "Hice un matrimonio con el mezcal, dije, lo voy a moldear con mis manos, le voy a dar mi sello, mi esencia. No importa si hay diez mil marcas, la nuestra será diferente".
En la alianza entre sobrina y tío, entre mujer y maestro, el mezcal deja de ser una bebida para convertirse en un lenguaje, un símbolo, un vínculo entre generaciones. "Los consumidores no sólo quieren sabor, quieren historia, quieren saber de dónde viene lo que beben", dice Lázaro.
Por eso cada botella de Kuxtal es una historia líquida, el eco de una tradición que se niega a morir, el reflejo de un México que aún resiste desde sus raíces.
El peso del legado
Al final del día, cuando el sol se oculta tras las montañas de Miahuatlán, Lázaro se dirige a Cristina con voz pausada: "Gracias por confiar en mi trabajo", y ella responde: "Gracias por permitirme continuarlo".
El mezcal brilla en la copa como un espejo de fuego. En ese gesto hay más que un brindis; hay gratitud, memoria y destino. Porque Kuxtal no es sólo un mezcal; es el pulso de una familia que convirtió el agua, la tierra y el agave en un corazón que sigue destilando vida.
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