Manuel Negrete
Por Alfredo Espinola
En un país donde la cultura del vino aún busca asentarse entre las tradiciones del agave y la cebada, la historia de Manuel Negrete destaca como un testimonio de vocación, transformación y visión.
Manuel Negrete no nació rodeado de viñedos, ni soñó de niño con levantar copas de vino en catas internacionales. Su historia comenzó en un entorno mucho más cotidiano: una consultoría especializada en sumilleres, donde trabajó como auxiliar administrativo a los 21 años. Fue en ese entorno, alejado del glamour del vino y más cercano a la rutina del papeleo y los horarios, donde descubrió un universo que pronto le cautivaría. Hoy, con años de experiencia y un lugar ganado en la escena vinícola mexicana, Negrete es un referente que demuestra que las pasiones más profundas pueden nacer en los lugares más inesperados.
Impulsado por una mezcla de curiosidad intelectual y sensibilidad sensorial, se formó como Sommelier Profesional Nivel 1 en la Academia Mexicana de Sommeliers, afirmando que "Entender la tierra es entender la historia". Esta frase resume la forma en que Manuel percibe el vino, como una expresión viva de la geografía, la biología y la cultura.
Su empeño y conocimientos le llevaron a ser invitado por Carlos Borboa, director del Concurso Mundial de Bruselas en América, para liderar un ambicioso proyecto: un wine bar en el que se sirvieran únicamente vinos premiados por este prestigioso certamen. Desde abril de 2020, este espacio, ubicado en el corazón de la capital mexicana, se ha convertido en un punto de encuentro para paladares inquietos y mentes curiosas.
Una filosofía sin precedentes
El planteamiento de Negrete para el Wine Bar era claro y coherente. No había lugar para el esnobismo. La selección de etiquetas se basa en criterios climáticos y de calidad certificada; los vinos se compran directamente, evitando intermediarios y conflictos de intereses.
Su elegante perfil y su riqueza de conocimientos nos recuerdan por qué contar las historias que hay detrás del vino es tan importante como descorcharlo.
Del entusiasmo personal al orgullo nacional
En los últimos años, el vino mexicano ha dejado de ser una novedad exótica para convertirse en una presencia reconocida y respetada en las mesas internacionales. Atrás han quedado los gestos curiosos de quienes, al oír hablar de México, sólo piensan en tequila o mezcal. Hoy, cuando se mencionan regiones como Baja California, Coahuila o Querétaro, existe un genuino interés por la producción vitivinícola nacional, afirma Negrete.
Este cambio no ha sido casual; el auge del enoturismo y la profesionalización del sector han sido motores clave. Los visitantes ya no sólo buscan bellos paisajes o una buena foto; quieren aprender, conectar y profundizar. Las bodegas, por su parte, se esfuerzan por mantener unos estándares consistentes, alejándose del fenómeno de "una buena cosecha" para transitar hacia una identidad más estable y duradera.
Un sector en construcción
La cultura del vino en México es aún joven y el camino por recorrer es largo, pero prometedor. Con medallas internacionales y más proyectos en regiones no tradicionales, el vino mexicano está encontrando su lugar, y su evolución ha sido significativa. "La mayoría de los vinos mexicanos ya no tienen defectos; algunos incluso sorprenden por su excelencia", dice Negrete con mesura.
En esencia, lo que hoy define al vino mexicano no es sólo el líquido en la copa, sino el contexto que lo rodea: el joven que aprende, el consumidor que cuestiona, el productor que mejora y el comunicador que narra. Porque más allá de los sabores a fresa, roble, rosa y vainilla, lo que se saborea es la identidad.
Manuel Negrete, un sumiller de nueva generación.
Acercar el vino a las nuevas generaciones significa guiarlas sutilmente a través de sus sabores, animarlas a descubrirlo sin miedo. También significa despojar al sumiller del estigma de elitismo que injustamente se le ha impuesto. Enamorar a los jóvenes es abrirles una puerta amable al mundo del vino, ofreciéndoles etiquetas generosas y accesibles y enseñándoles que cada copa encierra una historia.
"Elegir un vino para acompañar una comida debería ser tan intuitivo como decidir entre salsa verde o roja", dice Negrete. "El verdadero obstáculo no es el gusto, sino la falta de información. Aunque las redes sociales han empezado a jugar su papel, a los sumilleres nos corresponde simplificar aún más el camino. Yo siempre les digo: 'Atrévanse a probar cosas nuevas, porque en esa curiosidad empieza el verdadero placer del vino'".
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