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Por Alfredo Espinola
Algunas historias se desarrollan lentamente, como el vino. Una de ellas es la de Elizabeth Rojas Martínez, nueva directora del Consejo Mexicano Vitivinícola (CMV), una mujer cuya pasión por la tierra y el vino se ha convertido en su brújula profesional.
Tomar el timón del CMV no es simplemente un trabajo, es una declaración de amor por el campo mexicano. "Es un honor, pero también una gran responsabilidad, porque el vino mexicano está en un momento crucial y debemos responder con visión, unidad y estrategia", dice Elizabeth con voz firme y mirada clara.
Un camino entretejido de historia y compromiso
Elizabeth no llegó al CMV por casualidad, ni desconocía el campo. Estudió Comercio Internacional de Productos Agropecuarios en la Universidad de Chapingo y posteriormente se especializó en Economía Agrícola y Mercadotecnia. Desde sus primeros pasos en ProMéxico, su enfoque fue claro: llevar los productos agropecuarios mexicanos al mundo con una narrativa de calidad, identidad y orgullo. El sector agroindustrial siempre ha sido un motor en su carrera.
En Durango promovió el mezcal y en Aguascalientes dirigió estrategias de comercio local e internacional. "El mezcal me enseñó la importancia de la identidad territorial, y ahora con el vino, esa lección adquiere otra dimensión. El vino no sólo cuenta una historia, sino que la conserva en cada gota", reflexiona.
"Siempre me centré más en crear relaciones, conectar a los productores con el mercado y fortalecer cadenas enteras, no sólo productos", recuerda. Esa visión del ecosistema y la estructura sería clave para lo que vendría después: el vino
El momento del vino mexicano
Hoy, al frente del CMV, Elizabeth representa no sólo el liderazgo técnico, sino también una sensibilidad diferente. Ella sabe que el vino mexicano se encuentra en un momento crucial. "Enfrentamos muchos retos, sobre todo en materia de legislación y consumo, pero también hay una gran oportunidad. El vino mexicano está creciendo, y lo está haciendo con identidad".
Esa palabra, "identidad", aparece una y otra vez en su discurso, no como un eslogan, sino como una convicción. Para Elizabeth, el vino mexicano no es sólo una bebida, es una expresión de territorio, de historia y de personas que se han comprometido con una uva, una tierra y una cosecha.
El vino como experiencia, no como lujo
México cuenta actualmente con 17 estados productores de vino; sin embargo, el vino mexicano se enfrenta a retos cruciales, como incrementar su consumo, desmitificar su aparente elitismo y tender puentes entre grandes, medianos y pequeños productores. Para Elizabeth, el enfoque es claro: "No se trata de vender vino, se trata de contar historias. El consumidor tiene que entender que detrás de cada etiqueta hay un campo, una familia, una región viva".
El vino no debe ser una experiencia exclusiva, sino inclusiva. "Tenemos que dejar atrás la idea de que el vino sólo se bebe en ocasiones especiales o con conocimientos técnicos. El vino es para disfrutar, para los que quieren brindar, reír, hablar y sentir".
Un vino que no necesita permiso
En una época en la que aún persiste la idea de que el vino es elitista, Elizabeth responde tajante: "El vino mexicano es para todos, no se necesita una ocasión para abrir una botella".
Con campañas de accesibilidad de precios y maridajes que incluyen tacos, patatas y chiles en nogada, la CMV pretende disipar mitos y conquistar paladares.
"Queremos que la gente sepa que puede disfrutar de un vino blanco con pizza o de un tinto con su pasta favorita. No hay reglas, solo emociones", afirma convencida.
Vino y turismo: una asociación estratégica
Para Elizabeth, el turismo y el vino no son aliados circunstanciales, son un binomio natural. Y ahí es donde entra el enoturismo, porque el vino, cuando se vive desde el viñedo y a través de la historia de sus elaboradores, se convierte en una experiencia emocional. "En muchos viñedos, hasta el 80% de las ventas proceden del turismo nacional e internacional. Entiendes el vino cuando conoces su origen, cuando oyes su historia, cuando lo pruebas, donde nació".
El mensaje es poderoso: El vino mexicano no es exclusivo de las mesas formales ni de las copas de cristal fino. El vino mexicano es para todos, para los chismes entre amigos, para las barbacoas con amigos o para una tarde a solas viendo llover.
Una generación que cree
Está especialmente entusiasmada con el papel que desempeñan los jóvenes en el sector. "Veo cada vez más jóvenes apasionados, enólogos, sumilleres, restauradores, inversores. Hay un compromiso real, una energía diferente. Ya no se trata sólo de vender botellas, sino de construir una cultura".
Las redes sociales han sido un aliado clave. "Nos permiten contar historias, mostrar a los consumidores que detrás de cada botella hay un proyecto de vida, una historia que merece la pena escuchar y, sobre todo, degustar".
Hoy en día, las catas ya no se limitan a explicar los taninos o los aromas; también son espacios para explicar por qué un vino sabe como sabe, quién está detrás, cómo nació el viñedo, a qué dificultades se enfrentaron y qué sueños les impulsaron.
Mujeres en la tierra del vino
Las mujeres también ganan terreno en este mapa emocional del vino mexicano. Desde agrupaciones como "Mujeres In Taninos" hasta áreas técnicas, comerciales y estratégicas, su presencia es cada vez más fuerte. "Hay un liderazgo natural y comprometido y, sobre todo, una gran comunicación. Las mujeres están tomando decisiones en todos los niveles de la industria".
Una cadena unida, un futuro compartido
A diferencia de otros sectores agroindustriales, la industria vitivinícola ha mostrado una notable cohesión, con grandes, medianos y pequeños productores que comparten conocimientos, se capacitan juntos y promueven sus regiones. "Cada bodega tiene su propia personalidad, pero todos trabajamos por el mismo objetivo: posicionar el vino mexicano".
Esta unidad se extiende también al ámbito académico, con convenios con universidades nacionales y colaboración con instituciones internacionales como la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV) que refuerzan la formación de agrónomos, enólogos y técnicos.
"Estamos profesionalizando todos los eslabones de la cadena. No sólo hacemos vino, cultivamos el futuro", afirma. "El CMV no trabaja solo. Hemos formado alianzas desde Chile hasta Francia y España, y el Consejo ha tejido una red que promueve no sólo el consumo, sino también la profesionalización del sector."
Una copa con la Isabel del pasado
Cuando le preguntamos por una palabra que defina al vino mexicano, no duda: identidad. "Porque expresa quiénes somos, nos dice quiénes somos, tiene historia".
Al final de nuestra charla, le hago una pregunta más personal: ¿qué le diría Elizabeth, ahora directora de la CMV, a la joven que acaba de graduarse en la universidad?
Elizabeth se permite un momento de emoción contenida, se le quiebra un poco la voz, pero no el mensaje.
"Le diría que ha hecho la elección correcta, que su compromiso con el campo ha merecido la pena. Se lo diría con una copa de Nebbiolo en la mano. Porque ese vino es mi historia, y la de muchos que, como yo, creen que México sabe a tierra, a trabajo duro y a vino."
"Has tomado la decisión correcta", reitera.
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